Atajando goles de la vida

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PeriodistaEnrique se acerca y a quemarropa me dispara una pregunta: “¿Le puedo contar mi historia?” Interesado en la propuesta halo una silla y le ofrezco otra al joven de 22 años, que recién ha pedido 4 pupusas de frijol con queso a un grupo de mujeres voluntarias que las cocinan con gran habilidad para recolectar fondos económicos que la Asociación Salvadoreña de Jóvenes Deportistas Cristianos invertirá en muchachos como Enrique.

Los zapatos de Enrique están desgastados, viste una calzoneta y camiseta con la que recién ha jugado un partido con jóvenes que, igual que él, tienen historias cargadas de triunfos y derrotas, pero que como en un partido de fútbol las probabilidades de ganar o perder están marcadas por el esfuerzo, la disciplina y mucha voluntad para jugar hasta el final.

La mamá y el papá de Enrique se quisieron tan poquito, que cuando él tenía 3 años su padre se fue. La madre se acompañó de nuevo con un hombre que poco entendía de caricias y su lenguaje violento le salía tan natural que su madre se acostumbró a perdonarlo una y otra vez, aun así se fue con él. Enrique se quedó con sus abuelos quienes le ayudaron un tiempo, pero murieron hace dos años.

“Mi papá me ayudó un tiempo, pero otras responsabilidades lo obligaron a suspenderme la ayuda” me dice sin llorar, pero con una voz que casi se rompe en cristales con sonido a lágrimas. Esa ayuda la supo aprovechar cursando hasta el tercer año de licenciatura en Psicología, una carrera que ha dejado a medias en la Universidad “José Matías Delgado”, pues tiene la esperanza de continuar y terminar un día que haya logrado sortear todas las necesidades que ahora atraviesa.

Enrique me señala una casa cercana a la suya y sin un atisbo de pena me dice “a veces no tengo que comer, pero llego allí y solo pregunto si tienen algo de comida y como son de confianza me dicen: trae un plato y ya logro pasar un tiempo”.

Vive solo en la casa de sus abuelos, tiene techo, debe el recibo de energía eléctrica, el del agua y para la alacena no hay. No tiene un trabajo fijo. Lo poco que ganó laborando en un depósito de bebida le sirvió “para pagar otras cuentas”, me explica el joven y agrega “es bueno pagar cuentas con lo ganado honradamente”.

“No es fácil, profundas depresiones y pensamientos suicidas han sido opciones, pero las ha superado porque el ministerio ´Futbol y Palabra´ (Un proyecto de la Asociación) me ha permitido conocer a un Jesús que camina conmigo” me confiesa Enrique, seguro de su fe.

La gente de la asociación que ahora hace pupusas para ayudar a jóvenes como Enrique, alimentan sus esperanzas, pues están tratando de recoger fondos que propicien pequeñas ayudas a los jóvenes en riesgo de caer en las trampas de la vida, los hagan tomar caminos equivocados y por consiguiente perder el rumbo de sus sueños.

Es domingo por la noche y casi tenemos que terminar la plática, Enrique tiene que acostarse temprano y asistir a una capacitación en un Call Center donde espera ser seleccionado para ocupar una plaza.

Enrique juega de guardameta en los partidos de futbol del ministerio y es bueno deteniendo los tiros a gol. Una vez se ha despedido, pienso, este es un portero de su propia historia, ataja lo bueno y, pese a estar perdiendo el encuentro, sigue jugando a ganar, aun sin patrocinio. Un atleta que busca el mejor resultado en el partido de la vida: Triunfar con todo en contra.

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