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Ataviando la proa

La encontrarás en el inmenso raudal de tu imaginación, la más antigua navegante llevada por los vientos, tertulia de los tripulantes, bondades y pesares, con la única paz de arrojarse a su anhelado destino.
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Dejemos que la hermosa diosa embellezca la proa, el mascarón con impetuoso vuelo sobre los mares, el mundo pronto será de ella.

La ubicaré en Naucratis, ciudad que dominó el mar, de cuarzo tus sandalias estrujadas por el polvo que pisas, en tu caminata leve, la huella que al retornar dejaste.

Merecida medalla tienes, encantadora moza, el acorazado ha de mirarte, con la fuerza de tu espíritu, ¡a tu destino con ansia!

Al emprender el vuelo, la proa te sostiene, el tajamar defiende, la túnica su tejido levanta, cubriendo tu virtuosa figura.

Si el buen Homero te descubre, has de ser su musa otra vez, no creo que permita reyertas, entre las dulces ninfas por tu desdén.

Cuentos de marineros, cuentos de tormentas, la cumbre has divisado, el nautilo emitirá el sonido, las ninfas correrán.

Qué marea tuviste, de tu temple esperaron los tripulantes, el conductor la nave capitanear con tan valiente mujer.

Las familias de los navegantes llegaron, con sus recuerdos anclados, divisaron a tan hermosa diosa que atada al tajamar aún está, solo es deidad de la mar.

El mascarón de proa inerte cumplió su misión, llegaron los tripulantes, ahora tienen la esperanza que la valiente mujer de la proa ya no solo es una deidad, es una guerrera de altamar.

Si recorriese en mi imaginación, el regalo que Dios me ha permitido, y es ver la vida de manera más simple, echaría un vistazo al mascarón de proa, pidiéndole dar una vueltecita en su brillante nave.

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