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Atender la situación de los jóvenes en el país implica habilitarles lo que más necesitan: un horizonte de vida

En el caso concreto de los jóvenes, ellos, en su gran mayoría, lo que más necesitan y anhelan son oportunidades, porque estas les abren perspectivas de futuro.

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David Escobar Galindo

David Escobar Galindo

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICACuando se hace referencia a la situación del país en sus variadas expresiones, uno de los aspectos que más resalta es el tocante a lo que están viviendo y a lo que les tocará vivir a los salvadoreños que están en fase de adolescencia en tránsito hacia la primera juventud. Y esto se ha venido volviendo cada vez más palpitante como problema en perspectiva a la luz de lo que actualmente sucede en las distintas áreas de la vida nacional. Las situaciones complejas y desafiantes se van presentando a diario, y los signos que se leen en la dinámica del fenómeno real se hacen cada vez más perturbadores, lo cual pone en interrogación constante las posibilidades de construir futuro en la forma que se requiere para que la expectativa de progreso factible pueda dibujarse anímica y prácticamente como proyecto existencial con nombre y apellido.

En el pasado, los jóvenes tenían un espacio existencial reducido, pero no por las condiciones del ambiente, sino por las limitaciones sociales en la percepción de lo que era ser joven; hoy se han dado vuelta las cosas, porque hay una clara apertura hacia el reconocimiento de los derechos y las capacidades que implica ser joven, pero las condiciones del ambiente son crecientemente limitantes hasta ser en muchos sentidos muros de piedra. Es una situación que, de una u otra manera, nos afecta a todos, pero que en el caso de los jóvenes opera como un freno vital de consecuencias mucho más graves, porque lo que está en juego es la fundamentación de la vida hacia adelante.

En esta era de aperturas crecientes, que son como el signo viviente de la globalización que gana cada vez más presencia en el mapamundi, las oportunidades están a la mano, pero extender la mano hacia ellas se ha vuelto al mismo tiempo una faena llena de obstáculos y de peligros. Esto forma parte de las contradicciones que proliferan en la realidad del presente, y desde luego no hay que tomarlas a la ligera, como se hace generalmente desde las instancias del poder, que quisieran que todo fuera fácil y a su conveniencia. En el caso concreto de los jóvenes, ellos, en su gran mayoría, lo que más necesitan y anhelan son oportunidades, porque estas les abren perspectivas de futuro. Y cuando las oportunidades escasean o se hacen de dificultoso acceso hay impacientes rebrotes de inconformidad y de frustración.

La realidad salvadoreña puede y debe ser tomada como ejemplo aleccionador de lo que no debería ocurrir. No hay que extrañarse de que los jóvenes emigren o sean seducidos alevosamente por las perversas tentaciones del crimen, cuando las otras vías de la realidad presentan atolladeros tan desanimadores. Y lo que más desanima es que la sociedad y la institucionalidad hagan tan poco y lo hagan tan erráticamente para lograr que las cosas se reorienten hacia lo que debe ser. Así las cosas, se hace imperioso replantearse esta temática en plan creativo y propositivo, para dejar atrás los clisés rutinarios y abrirse a las iniciativas que conduzcan a esquemas novedosos de percepción y de proposición. Lo que estamos necesitando es que haya aperturas innovadoras de cara a lo que la realidad demanda en todas las formas imaginables.

¿Qué hacer, entonces, para que la juventud deje de estar constantemente a la defensiva frente a los acosos del ambiente, que parece desentenderse con impunidad indisimulada de los anhelos y las expectativas legítimas de los jóvenes? Habría que plantearse esta pregunta como un ejercicio de identificación con los reclamos que la realidad nos está planteando en el día a día, que es en definitiva lo único que tenemos como experiencia accesible y disponible.

Y es que el fenómeno real demanda atención permanente, y no sólo para enfocarse en sus expresiones conflictivas o traumatizantes, sino para sacar de los hechos las lecciones que cotidianamente nos ponen a la vista de las maneras más variadas. Y en ese plano, lo que la juventud recibe son mensajes cruzados, que hacen que el país sea visto como un escenario contradictorio, en el que igual puede haber opción de vida y riesgo de muerte. Desde luego, es insoportable estar así, y por eso urge tanto reordenar las visiones y replantear los tratamientos. Nadie puede quedarse al margen de esta misión superior.

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