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Atizando la hoguera

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Juan Héctor Vidal

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Menos mal que no aseveró que era para el mundo, pero cuando el profesor Sánchez Cerén arribó a Caracas dijo: "Nos sentimos felices de estar en esta tierra que nos recuerda a nuestro hermano y líder Hugo Chávez, una tierra de lucha permanente y un ‘ejemplo’ para América Latina y el Caribe". Más adelante agregó que ese era "un día histórico para Venezuela y que en (ese) país comienza el proceso de paz, de fortalecimiento de la democracia". Eso lo dijo el día previo a la juramentación ilegítima del dictador Maduro para un nuevo período presidencial (DEM 9/I/19).

Paradójicamente, ese día coincidió con la noticia de que los Estados Unidos están evaluando la exclusión del país del DR-CAFTA, por sus siglas en inglés, vigente desde 2006. Coincidió, también, con el reclamo público de las empresas farmacéuticas locales por un pacto entre el ISSS y China, cuyos verdaderos alcances no son del todo conocidos, aunque el director general de la entidad hizo posteriormente algunas aclaraciones al respecto.

En cualquier caso, tanto la supuesta amenaza del señor Trump, como todo lo que puede estar involucrado en los acercamientos con China Continental, no deben ser tomados a la ligera. Hay que recordar también que el actual inquilino de la Casa Blanca nos tiene en la mira por el tema migratorio, los coqueteos con los gobernantes herederos de Chávez-Maduro y la corrupción desbordada. Por ejemplo, su obsesión con la "mara salvatrucha" es tan marcada que esta fue objeto de mención en McAllen (Texas) –adonde viajó precisamente el mismo día en que ungieron al sátrapa venezolano– para sostener una mesa redonda en torno al tristemente célebre muro, valla, o como se le quiera llamar.

Sobre el tema de China, que desde el principio despertó ronchas en el gobierno estadounidense, nuestra posición ha sido de reserva, porque si bien el presidente tiene la potestad constitucional de manejar las relaciones exteriores de acuerdo con su propio criterio, desde el inicio alzamos nuestra voz por al menos tres razones: 1) por la poca transparencia con que se ha manejado el caso, 2) porque la población desconoce los alcances de los compromisos adquiridos, y 3) por el riesgo que conlleva para toda la región que El Salvador se preste para que el gigante asiático instale una cabeza de playa y se convierta eventualmente en un actor inocente (¿?) de toda una estrategia geopolítica de alcances insospechados. Y en esto, no tenemos reparo en afirmar que El Salvador carece de estrategas que le abran los ojos sobre los pros y los contras de ese acercamiento; es más, ni siquiera cuenta con negociadores comerciales fogueados en las grandes ligas. Así, podemos estar dando todo a cambio de migajas mientras nos granjeamos la antipatía de nuestro principal socio comercial.

Y en cuanto a una eventual exclusión del TLC con EUA por las andanzas de nuestro gobierno con los chinos –lo cual seguramente era del conocimiento del gobierno estadounidense antes que lo supiéramos nosotros–, sin duda el daño sería enorme para el país, tal como lo han hecho ver voceros del sector privado organizado nacional. Lo lamentable es que el gobierno tampoco ha dado muestras de estar haciendo el más mínimo esfuerzo para que la principal potencia mundial no se ensañe con un país pobre por decisiones de un gobierno que la mayoría rechaza. Seguramente no contamos con recursos para contratar a lobistas calificados para que velen por nuestros intereses, pero sí tenemos para que nuestro presidente se una al raquítico coro de gobernantes chavistas que fueron a rendirle pleitesía al usurpador venezolano.

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