Aunque haya significativas reservas sobre la forma en que se comportan los partidos políticos, es vital para el sistema que dichas fuerzas se mantengan estables

Ahora bien, la pelota de la supervivencia y del buen futuro del sistema político está hoy en la cancha de los partidos. Ya sonó la última llamada para que dichas fuerzas comiencen de veras su reingeniería interna, no sólo en cuanto a estructuras orgánicas sino también, y prioritariamente, en lo que toca a los respectivos idearios.
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Las experiencias acumuladas en el mundo y en nuestra región a lo largo de los años son inequívocamente elocuentes sobre los males y los desajustes que proliferan cuando un esquema de vida política no responde a los criterios de una competencia libre y abierta. Es por eso que los experimentos radicales, independientemente de las líneas ideológicas que asuman, están todos condenados al fracaso, o al menos, tienen en su horizonte un imperativo de normalización que les permita corregirse en el tiempo. En realidad, ya en el campo de los hechos concretos, la crisis no deriva de las caracterizaciones ideológicas de los que están en el juego sino del manejo erróneo que se haga de las propias ideas, queriendo usarlas como armas de guerra en vez de utilizarlas como fuentes de creatividad.

En El Salvador nunca tuvimos en el pasado partidos políticos en el exacto y pleno sentido del término. Todo el siglo XIX y buena parte del siglo XX nuestro sistema político se rigió por los intereses y los caprichos del poder; y fue hasta que dicho modo distorsionado de funcionar entró en fase terminal, allá a fines de la séptima década del pasado siglo, que la democratización tomó el puesto que le correspondía desde siempre. De inmediato vino la guerra, y dicha conflictividad extrema contaminó inevitablemente a las fuerzas partidarias que, cada quien a su modo, estaban emergiendo. Cuando en 1992 concluyó la guerra por medio de un acuerdo político, esas dos fuerzas pasaron al nuevo escenario de competencia, en el que se mantienen desde entonces.

Es de destacar que tanto ARENA, la fuerza de derecha, como el FMLN, la fuerza de izquierda, se han mantenido en el primer plano competitivo desde entonces; y este no es dato que hay que tomar a la ligera: significa que la ciudadanía, más allá de las veleidades y las falencias de los partidos, está comprometida con la estabilidad del sistema. Tal situación hay que apreciarla en lo que vale, porque los tristes y caóticos ejemplos de aquellos países en los que colapsó el sistema de partidos en ningún momento hay que perderlos de vista. Es el caso de Venezuela, donde la ciudadanía, asqueada de la complicidad perversa entre los partidos tradicionales, se inclinó por el aventurero más labioso que se presentó a competir.

Ahora bien, la pelota de la supervivencia y del buen futuro del sistema político está hoy en la cancha de los partidos. Ya sonó la última llamada para que dichas fuerzas comiencen de veras su reingeniería interna, no sólo en cuanto a estructuras orgánicas sino también, y prioritariamente, en lo que toca a los respectivos idearios. Seguir chapaleando en los mismos conceptos ya superados por el tiempo es condenarse a la inviabilidad, que es la entrada al colapso del sistema.

La democracia nunca es perfecta, como no lo es nada en la vida, pero su capacidad de gestión no tiene alternativas aceptables. En tal sentido, la ciudadanía tiene que mantenerse en pie de observación, para empujar a las fuerzas políticas a que se modernicen y se perfeccionen. Y hoy que viene un proceso electoral tan intenso y significativo para todos es más que oportuno reiterar las sanas presiones en esa dirección.

Aprovechemos esta coyuntura electoral para enviar mensajes lúcidos y contundentes, y a la vez para lograr que las decisiones que salgan de las urnas fortalezcan al sistema y potencien la buena marcha del país en todos los órdenes.
 

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