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Aunque la política siempre es determinante, hay que reconocer que la vida tiene muchas otras dimensiones de alto relieve

Pensar que todo lo que tenemos y podemos llegar a tener nos viene de afuera es limitarnos a lo imprevisible. Somos seres de misión, aunque se trate de una misión sin aparente trascendencia. En verdad, la trascendencia la pone cada quien, a su modo.

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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Desde que el mundo es mundo, las expresiones y las manifestaciones políticas nunca han dejado de estar presentes en el acontecer humano, aunque el mosaico histórico con el que tal realidad se representa tienda a parecer una especie de muestrario surrealista, y eso de seguro es así porque las decisiones y las acciones humanas están siempre marcadas con el sello de lo imprevisible y esmaltadas con las sustancias de lo irreverente. Las épocas van cambiando, cada una de ellas con sus propias peculiaridades, que le dan una movilidad creativa a los procesos evolutivos; y esto es lo que recogen los recuentos sucesivos, que pasan de ser existenciales a ser testimoniales, y es lo que en un término consagrado llamamos "historia". La "historia", pues, es un hilo de imágenes encarnadas en palabras, que le va siguiendo los pasos al devenir de la humanidad como en los capítulos de una antigua novela de folletín de aquellas del siglo XIX, como las de Alejandro Dumas padre y las de Xavier de Montepin.

Pero aunque la política pareciera tener la virtud secular de ganar los mejores espacios en el escenario colectivo, lo que va en el trasfondo de tal percepción dominante es un contenido mucho más amplio y complejo, porque la vida está hecha fundamentalmente de emociones en caravana, que acompañan a cada quien desde el principio hasta el fin. Cuando se dice que "cada cabeza es un mundo" siempre hemos traído a la atención receptiva el criterio personalmente bien arraigado en nuestro ánimo de que ese mundo constituye en verdad un universo sin límites. Y para ser congruentes con tal concepción estamos convencidos de que el Dios Creador no sólo creó el universo externo, sino que fue un incansable multiplicador de universos personalizados. Nuestro ser mental y espiritual no tiene límites, y eso lo sentimos desde que la conciencia se nos ilumina desde adentro. Es la repetición de la Creación en cada uno de los que venimos a este plano.

Lo dicho va íntimamente vinculado con un propósito que tiene intenciones verdaderamente trascendentales en el sentido más humano del término: evitar el desperdicio de energías vitales en el mero seguimiento mecánico de lo que nos trae el día al día. En función de ello, de lo que se trata es de hacer que el día a día vaya siguiendo los derroteros que le señala nuestro respectivo esquema de vida, que casi nunca se dibuja en la conciencia como un proyecto definido. Hay que tenerles confianza a los impulsos anímicos, porque ese seguimiento lleva su propia lógica interna. Pensar que todo lo que tenemos y podemos llegar a tener nos viene de afuera es limitarnos a lo imprevisible. Somos seres de misión, aunque se trate de una misión sin aparente trascendencia. En verdad, la trascendencia la pone cada quien, a su modo.

Los salvadoreños, que tenemos tanta experiencia en enfrentar situaciones colectivas del más alto riesgo y de la máxima peligrosidad, no hemos sabido manejar con la debida inteligencia personalizada los retos de autorrealización personal. Sería pertinente entonces comenzar a desarrollar mecanismos de estímulo efectivo al conocimiento de lo que cada uno de nosotros tiene a su disposición para salir adelante. En el ambiente hay múltiples trastornos que nos impiden avanzar colectivamente como sería deseable, pero eso no impide que los individuos nos hagamos líderes de nuestra propia evolución personal, y eso justamente es lo que hay que estimular sin ningún género de restricciones.

No hay que perder de vista que el espíritu de superación es el motor más vigoroso para mover creativamente las energías humanas en todos sus niveles, tanto en lo que corresponde a la sociedad como en lo que toca a las personas. Ese espíritu tendría que generalizarse en todos los sentidos para que cumpla a cabalidad con la función que le corresponde, que es poner los recursos de la dinámica evolutiva a disposición de los entes y de los sujetos que están presentes en cada coyuntura. Reconozcamos sin ningún tipo de reservas que lo humano es una dimensión común y por ende compartida, y que desde tal perspectiva todos somos merecedores de progreso.

En consecuencia, la misión más decisiva tanto de la sociedad como de la institucionalidad consiste en accesibilizar los recursos del progreso a todos los integrantes del cuerpo nacional. El progreso siempre es posible, aunque las vías de acceso sean diferentes por su diseño y por sus pruebas de recorrido. Si todo eso se procesa en forma evolutiva y constructiva los parámetros de la vida por vivir se pueden manejar con la apertura debida. Es lo que hay que asegurar para que haya realización personal y paz social.

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  • manifestaciones políticas
  • procesos evolutivos
  • política
  • energías vitales
  • autorrealización personal

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