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Auschwitz y el fracaso colectivo

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Federico Hernández Aguilar

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Los 75 años que han transcurrido desde la liberación del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, al final de la Segunda Guerra Mundial, han sido el marco propicio para alentar reflexiones sobre la maldad humana y sus límites incomprensibles. No es para menos. Todavía parece inverosímil que solo en el complejo de centros de hacinamiento y exterminio de Cracovia, más de un millón de personas perdiera la vida bajo métodos de asesinato masivo que prácticamente no han tenido paralelo en la historia, con excepción de las purgas estalinistas y las represiones de la China maoísta.

Las dimensiones de la “shoah” –término hebreo menos equívoco que “holocausto”– merecen hoy un abordaje multidisciplinario que repase todos los planos humanos que se vieron involucrados, pero sigue siendo el político, por obvias razones, uno de los que mejor explica la magnitud de la tragedia. Sin el enorme poder que acumularon, Hitler y sus allegados jamás habrían tenido los medios para emprender un crimen de semejantes proporciones.

Auschwitz es el resultado de un largo proceso de degradación moral, en el que los ciudadanos alemanes fueron poco a poco entregándole a los nazis un control desmesurado sobre el Estado, incluso siendo cómplices (activos o pasivos) de la escalada de violencia en que fue derivando, en el interior mismo de la sociedad, el discurso hitleriano.
Pero ese millón de seres humanos eliminados en Auschwitz tuvo un lejano precedente en 1933, justo el año en que se abrieron los primeros campos de concentración en Alemania, a escasas semanas del nombramiento de Adolf Hitler como canciller. Específicamente en Dachau, durante los meses de abril y mayo, cuatro prisioneros judíos terminaron muertos en supuestos intentos de fuga, siendo las víctimas primigenias del totalitarismo nazi (ya instalado en el gobierno) de que se tenga registro.

Obligado a investigar los hechos, el fiscal adjunto de Múnich, Josef Hartinger, no dio crédito a las débiles explicaciones de los oficiales encargados de la prisión y se atrevió a abrir expedientes. Pero no solo eso. Cuando en los meses siguientes más muertes en circunstancias igualmente sospechosas empezaron a acumularse, Hartinger tomó la osada decisión de elaborar autos formales de detención contra los principales implicados, incluso pasando por encima de las órdenes de sus superiores, que temían al creciente poder nazi.

El máximo jerarca encargado de los campos de concentración, Heinrich Himmler, fue alertado del proceso iniciado por Hartinger y logró pararlo, con la complicidad de la estructura judicial bávara. Hoy es difícil saber qué habría pasado si aquel valeroso fiscal de 39 años hubiera logrado las condenas que buscaba, pero es claro que el juicio pudo haber demostrado a la opinión pública alemana, en una etapa muy temprana de la barbarie, que al menos en Dachau se estaba asesinando a prisioneros judíos a través de una identificable cadena de mando.

Josef Hartinger fue trasladado de jurisdicción y su proceso contra los oficiales de Dachau quedó truncado. No volvió a ocuparse del caso sino hasta el final de la guerra, cuando sus papeles se convirtieron en insumos durante el juicio de Núremberg. Falleció en 1984, a los 91 años de edad, y su heroico ejemplo de enfrentamiento a la tiranía, casi en solitario, se vio por fin rescatado por el investigador Timothy Ryback, quien dice de él: “Hartinger demostró su valor personal y determinación en una época de fracaso colectivo”.

A la vuelta de 75 años, Auschwitz deja numerosas lecciones. Una de ellas es clave: si la concentración de poder conduce generalmente a abusos, lo mejor es no otorgar excesivos poderes a nadie. Y mientras tanto, aprendamos a escuchar a los Hartinger de nuestra época.

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