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Avanzar hacia una democracia racional es lo que se nos presenta como la gran tarea básica hacia la estabilidad progresista

En nuestro país, las condiciones del proceso no han cerrado todas las vías del disimulo democrático, pero la misma lógica interna de nuestro proceso impide que tales disimulos actúen a su antojo.
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Aunque sea aún insuficiente e imperfecta en tantos sentidos, nuestra democracia está aquí, moviéndose desde hace ya casi cuatro décadas, y con el aporte vitalizador que le proveyó la solución política de la guerra, enfocada fundamentalmente en abrir el escenario político a la participación libre de todas las fuerzas ideológicas, ya sin las exclusiones que se habían vuelto fronteras insalvables en el pasado. Pero el hecho de que la democracia esté aquí lejos de quitarnos responsabilidades a los ciudadanos y a las organizaciones del presente nos agrega trabajos por hacer en la vía para que El Salvador se convierta de veras en un espacio de modernización constante y ejemplar, como lo posibilitan y lo demandan las distintas pruebas históricas que se vienen sumando en el proceso, sobre todo en los tiempos más recientes.

Al hacer un balance de lo que se ha dado en el ambiente en el transcurso de la contemporaneidad más inmediata, que podemos ubicar en un período de 50 años, lo que se hace sentir al instante es la necesidad no atendida de contar con un proyecto de vida nacional que le dé línea a todos los dinamismos que se producen por efecto de la evolución. Es como si los salvadoreños quisiéramos continuar desentendiéndonos de nuestra propia realidad, en un juego de simples apariencias que por supuesto no sólo nos mantiene en vilo frente a lo que puede traernos cada momento sino que impide forjar una hoja de ruta en la que no sea el azar el que impere sino que se impongan la lucidez y la visión. Ninguna sociedad avanza dentro de sus posibilidades reales si no hay criterios claros sobre cómo hacerla avanzar.

Esos criterios claros deben partir del compromiso que todos y cada uno de los actores y fuerzas que actúan en el escenario de la vida nacional deben hacer para que no siga imperando el desperdicio histórico, que es una especie de desagüe por el que se escurren cada vez más las energías nacionales. La clave de inicio está, entonces, en reconvertir las actitudes que hoy prevalecen hacia un modelo de acción y de reacción que no responda a impulsos destructores sino que se oriente a aprovechar lo mejor que hay en el ambiente, tanto en lo humano como en lo productivo. Tenemos que entender, por encima de cualquier otro tipo de convicción, que El Salvador es un todo con destino propio y que los salvadoreños, sin exclusiones artificiosas, también somos un todo, con las diversas y respectivas responsabilidades que eso acarrea.

Tendríamos que asumir de una vez por todas que la democracia es un aprendizaje permanente, en el que nadie puede sentirse suficientemente instruido para olvidarse del asunto. La democracia implica siempre un esfuerzo de madurez al que hay que comprometerse con todas las dificultades que eso acarrea, pues no podemos evadir el hecho de que la tendencia más impulsiva del ser humano va hacia el dominio y no hacia la contención; por eso el autoritarismo es tan atractivo y la democracia despierta tantas resistencias. Sin embargo, lo que la experiencia histórica enseña, tanto en clave personal como en clave colectiva, es que lo que garantiza progreso real es la responsable administración de los instintos y no la licencia para hacer cualquier cosa en función de los apetitos. Si lo entendiéramos y lo aceptáramos así otro gallo nos cantaría.

Insistimos en el término “democracia racional” porque se vienen dando muchos intentos, aquí y en todas partes, de implementar simulacros democráticos que preserven las distorsiones autoritarias para beneficio de los que quieren aparentar sin cambiar. En nuestro país, las condiciones del proceso no han cerrado todas las vías del disimulo democrático, pero la misma lógica interna de nuestro proceso impide que tales disimulos actúen a su antojo. Hoy más que nunca hay un reclamo de transparencia que se impone cada vez más, y eso debe fortalecer la confianza en que no volveremos al estado anterior de cosas, aunque por momentos se torne difícil creer que será así. Tengamos confianza en la coherencia de nuestra evolución, y apostémosle a ella contra todos los esfuerzos por desnaturalizarla.

En la medida que avancemos por los terrenos de la racionalidad más seguridad habrá de que vamos en la ruta del progreso. No hay que perder en ningún momento la vigilancia del avance, para poder contrarrestar a tiempo cualquier maniobra desnaturalizadora. Pongámosle empeño fiel a la dinámica que nos lleva hacia adelante, y tal fidelidad motivará el surgimiento de nuevas energías en acción para que no haya quiebres ni mucho menos retrocesos. Si esto es así, hay futuro que nos traerá el país que queremos y merecemos.

Tags:

  • democracia
  • transparencia
  • acuerdos de paz
  • vision
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