¿Bajísima participación electoral para 2018?

El cálculo de participación electoral es el resultado de la relación entre los ciudadanos inscritos en el padrón, y los votos emitidos, ya sean válidos, nulos, abstenciones e impugnados.
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Desde los Acuerdos de Paz a la fecha hemos realizado ocho elecciones legislativas, y los resultados de participación han sido variables, desde un mínimo del 38.48 % (2000) a un máximo del 54.22 % (2006). A partir de las elecciones legislativas de 2009, la participación ha tenido una tendencia a la baja: 53.58 % en 2009, 48.55 % en 2012, y un 48.23 % en 2015. El absentismo –expresión antisistema para algunos analistas– ha tenido una media del 52.95 % en los procesos electorales legislativos.

Los votos válidos, nulos, abstenciones e impugnados tienen una significativa relevancia por sus efectos jurídicos y políticos. El Código Electoral define voto válido el “que reúne los requisitos de ley”, y en consecuencia se toma en cuenta para definir los escaños. El artículo 207 del Código Electoral relaciona los ocho casos para calificar un voto nulo, desde la falta de clarificación de la intención del voto hasta expresar palabras o figuras obscenas en la papeleta. Las abstenciones, conocidas en la doctrina electoral como voto en blanco, son las papeletas que no tienen “marca alguna”. Y el voto impugnado es “sobre el cual se reclama su validez o invalidez, y que no ha sido declarado como nulo o abstención”. En nuestra legislación los votos nulos, de abstención, e impugnados, no tienen ningún efecto para definir los escaños legislativos. Efecto jurídico tienen únicamente, para anular las elecciones cuando los votos nulos y abstenciones superen la totalidad de los votos válidos.

¿Cuál ha sido el historial de estos votos emitidos que no han contado para elegir diputados? En las elecciones de 2000 hubo 46,029 votos que no fueron tenidos por válidos. En las llamadas “elecciones del siglo” de 1994 la cifra fue de 108,022; en las elecciones de 2012, con papeletas cerradas pero no bloqueadas, contabilizaron 115,754; y en las elecciones de 2015, realizadas con listas abiertas, sumaron 92,712. Nos referimos a varias decenas de miles de voto, que a excepción de los impugnados –que son minoría insignificante en esos votos–, el votante expresa en mayoría y de forma voluntaria su rechazo a los candidatos o a los partidos políticos. Les denominan votantes “prosistema-desencantados”. Van a votar, pero “en protesta de”.

¿Qué resultados tendremos en 2018? Todavía es muy temprano pronosticar. Falta conocer la historia de vida de los candidatos, los programas partidarios, y la clase de campaña. Pero si la actual percepción ciudadana no sufriere modificación, de conformidad a la encuesta de la UCA (junio de 2017) solo el 48.7 % del electorado tiene intención de voto a favor de los partidos políticos. El resto (51.3 %) sería parte de los electores ausentes, y de los votantes desencantados, porcentaje con posibilidad de incrementarse, derivado del 87.5 % de ciudadanos que piensa que sus intereses ciudadanos no son representados para nada o poco por los actuales diputados. Entonces, ¿para qué votar?

No nos toca analizar aquí los factores del absentismo y del voto desencantado. Señalamos lo que ha representado y sus tendencias. La doctrina se divide entre los que piensan que el absentismo, el voto nulo y el blanco sirven para castigar a los partidos políticos, y los que no lo consideran así. Estos últimos dicen que a los partidos políticos les asusta una enorme participación electoral, pues ello demuestra interés ciudadano en la política y en la toma de decisiones. Con un voto informado, estoy por una masiva participación electoral.
 

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