Beatificación de Monseñor Romero

Con la promulgación de un decreto papal de beatificación para monseñor Óscar Arnulfo Romero terminó el proceso de canonización abierto a su favor y promovido, ante la Santa Sede, por monseñor Vincenzo Paglia y más concretamente, ante la Congregación para las Causas de los Santos, contando para ello con la anuencia del papa Benedicto XVI; todo esto luego del asesinato del exarzobispo de San Salvador, el 24 de marzo en 1980, en la capilla del Hospital Divina Providencia.
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Cabe destacar que las dos vías para la beatificación que contempla la legislación promulgada por la Iglesia católica, con sede en el Vaticano, son: la vía de las virtudes heroicas y la vía del martirio; en el primero de los casos el proceso comienza con la postulación y continúa con la declaratoria de siervo de Dios, venerable y beato, para finalizar con el acto de canonización; en cuanto a la vía del martirio, el proceso es distinto; además, el primero requiere de la comprobación de milagros atribuidos al postulado a santo, mientras que en el caso del martirio, no.

Estos procesos se ventilan ante la mencionada Congregación, donde se evalúan los méritos y deméritos atribuidos al postulado, que en el caso de Monseñor Romero pusieron al descubierto controversias al interior de la Iglesia, ya que algunos argumentos debatidos se centraban en su vista pastoral; mientras que otros criticaban su aparente afinidad con la Teología de la Liberación.

Obviamente que las controversias son consustanciales a cualquier proceso, sea este de índole laico o religioso, como sucedió en este último caso y, como sabemos, todos los procesos jurisdiccionales finalizan con la emisión de una resolución; de beatificación en esta oportunidad.

Es más, fue precisamente una controversia parecida, respecto a la naturaleza de la prédica de Monseñor Romero, la que propició su muerte, ya que algunos sectores consideraban inaceptable la forma en que ejercía su misión pastoral, tanto como para que fraguaran este crimen.

En el proceso de beatificación de Monseñor Romero se incorporaron diversas pruebas testimoniales, muchas de ellas eran cartas recibidas en la etapa de sustanciación; algunas de las pruebas apoyaban la pretensión de canonización; mientras que otras la adversaban y los congresistas involucrados en la causa debieron sopesarlas apropiadamente, antes de emitir la resolución de beatificación; finalmente, el exarzobispo fue declarado mártir por defender sus creencias religiosas; de hecho, su martirio se atribuye a un “odio a la fe”, según el decreto promulgado por el papa Francisco.

Al ser nombrado santo, las personas que compartimos esta confesión religiosa podremos adorarlo como tal, ya que la Iglesia lo habría incluido en el listado oficial de estos (canon), luego de haberse agotado el proceso correspondiente, donde los que adversaban su designación presentaron las pruebas que, a su juicio, invalidaban la referida pretensión.

Podemos decir, entonces, que los católicos que además de aceptar los dogmas propios de esta religión, como irrefutables, reconocen a la Iglesia como la única institución legítima para administrar procesos pertenecientes al Derecho Canónico y, por ende, debemos aceptar la resolución del papa y prepararnos para la designación de Monseñor Romero como un santo más de la Iglesia.

Si respetamos la religión católica y sus instituciones, debemos aceptar el veredicto de la máxima autoridad de la Iglesia, sobre quien recae la atribución de nombrar santos.

Estoy seguro de que la población católica de El Salvador preferiría compartir, en vida, sus creencias religiosas con Monseñor Romero, pero como esto no es posible, debemos alegrarnos, al menos, que su labor pastoral haya sido reconocida, por la Iglesia, de tanto valor como para merecer el título de santo.

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