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Berlín: La caída de un muro que todos esperaban

No pretendo faltar a la historia si afirmo que los primeros que esperaban que cayese el muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 eran los soviéticos, en especial la clase dirigente con Mijaíl Gorbachov a la cabeza, seguido del Politburó y la elite del todopoderoso aparato de espionaje de la KGB.
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También esa caída era esperada con ansias por los gobiernos de importantes países del Pacto de Varsovia como Polonia, donde el Sindicato Solidarnosc había llegado a la cúspide de su popularidad entre el pueblo; Checoslovaquia, donde cientos de refugiados de Alemania del Este esperaban sus visados para trasladarse a Alemania Occidental; Rumania, donde estaba a punto de explotar el polvorín que acabaría con la vida del dictador Nicolás Ceaucescu en diciembre de ese año; Hungría, donde el gobierno decidió abrir la frontera verde del Pacto de Varsovia que limitaba con Austria, para que pudiesen escapar libremente los refugiados del Este hacia Occidente.

Se trató de un cambio epocal, pronosticado por la famosa frase de Mijaíl Gorbachov al presidente de Alemania Oriental, Erich Honecker, el 7 de octubre de 1989, con motivo del 40.º aniversario de la Fundación de la República Democrática de Alemania (RDA): “Quien llega tarde a la cita es castigado por la historia”.

No se trató de una claudicación de principios ni mucho menos de una cobardía ante la amenaza militar de la OTAN y del poderío del Pentágono. Más bien, fue un proceso coordinado en la Lublianka, el cuartel central de la KGB en Moscú, y que respondió al diagnóstico y el análisis hecho con información de primera mano por el verdadero poder de la antigua Unión Soviética, su escudo y espada, los servicios especiales de espionaje y contraespionaje.

Dos aspectos habían quedado claros ya para 1982 al Estado Mayor de la KGB, que sirvieron para promover a secretario general del Partido Comunista de la URSS al presidente de la KGB, Yuri Andrópov, cuyo gobierno de apenas año y dos meses fue continuado luego del ínterin de Constantin Chernenko, por el delfín de Andrópov, Mijaíl Gorbachov.

Primero: la Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia y del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME) no tenían ninguna posibilidad de desarrollo con la economía socialista planificada, que cortaba toda posibilidad de iniciativa privada al individuo y que no tenía perspectivas de salir airosa en una competencia con la economía de mercado capitalista.

Segundo: en lo referente a lo interno la Unión Soviética no había logrado resolver el problema de las nacionalidades, en un extenso país que albergaba a más de 150 nacionalidades con sus costumbres, idiomas y religiones propias.

Esto acabaría por explotar en las repúblicas del Prebáltico y luego en la región de los Urales y el Cáucaso.

Los primeros en diagnosticar este cambio, y los expertos del tema, pues eran los únicos que viajaban al exterior y pudieron constatar el nivel de atraso del socialismo respecto al desarrollo capitalista, fueron los espías soviéticos.

La inteligencia soviética, en un lance de ajedrez político magistral, optó por la vía más ecuánime, la implosión del bloque socialista, evitando una apocalíptica guerra mundial.

Adoptada la decisión, la caída del muro de Berlín se volvió cuestión de forma y de tiempo. Las fotos para la historia ya estaban trucadas.

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