Bien atado

En medio de los funerales ¿qué queda por decir? Se ha llegado a todos los extremos: militancia, fanatismo, pasión, amor y odio. Lo que se pida; endiosamiento y gratitud infinita o condena y reproche eterno. No han faltado, felizmente, análisis realistas y ajustados a los hechos; a lo que fue y a lo que hizo. Han sobrado en cambio los que se han suscripto a lo políticamente correcto, que son los peores: timoratos, oportunistas e hipócritas, son los mayores responsables.
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Pero la euforia pasa y empieza a verse qué es lo que queda y es aquí donde cabe la pregunta sobre si Hugo Chávez dejó todo “bien atado” (como se decía que sí lo había hecho Franco en España). En principio y en Venezuela parecería que sí. Nicolás Maduro, el heredero designado por el líder y que como este cuenta con el beneplácito de los Castro, será el número uno y candidato del chavismo. Y al mejor estilo chavista: violentando cuanta norma legal existe, ocupando un cargo y siendo candidato en clara contravención de lo que dispone la Constitución venezolana. Eso sí con la bendición de la UNASUR, la CELAC y el MERCOSUR (los que condenaron a Paraguay).

Y habrá que esperar lo que pase en las próximas elecciones venezolanas, para seguir especulando. Pero desde ya se puede adelantar: pobre del que gane, en sus manos, como brasa ardiendo, quedará “el legado”. ¿Y a nivel del ALBA? ¿Quién será el conductor? (Con la supervisión de la isla, como es de orden.) Difícil que se lo reconozca a un recién llegado como sería Maduro, si es que sigue. Los candidatos cantados, entonces, serían Rafael Correa y Cristina Kirchner, aunque a estos les falta el carisma, el peso y la influencia de Chávez, y por supuesto el dinero y su disposición a gastarlo –mal que le pese a los venezolanos– que le permitió generar y apuntalar el liderazgo.

En lo que ambos sí emparejan al extinto líder es en la guerra contra “el enemigo a vencer”. Esto es, contra la libertad de expresión. Ni la una ni el otro tienen nada que envidiarle a aquel.

Y en este plano hay que destacar los esfuerzos de la presidenta argentina, que bajo el lema “vamos por todo” está dispuesta a acabar con el periodismo independiente. Cristina ha puesto todo el peso del Estado –oficinas fiscalizadoras de todo lo que se pueda fiscalizar con dedicación full time a perseguir a la disidencia que sea– para terminar con la libertad de prensa. Y aún así sigue sin conseguirlo. Por esta razón es que ha aumentado la apuesta y ha metido presión al sector empresario –supermercados, bancos, firmas de electrodomésticos y multinacionales– para que dejen de avisar y apoyar a los medios independientes.

Lo triste del caso es que, según lo denuncian medios y periodistas independientes, parece que ha conseguido la complicidad –¿hay alguna otra palabra para definir ese tipo de conducta?– de las empresas, del capital, y de los inversores y multinacionales (la mayoría de estas de países que se jactan de ser muy democráticos y grandes defensores de la democracia universal).

Algunos casos denunciados son emblemáticos: y después se quejan de que los expropien. Se lo merecen, por no estar dispuestos a jugarse por la libertad.

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