Bien por el precio de los medicamentos, pero… ¿y la calidad?

El paciente y el médico forman un binomio cuya relación es muy importante para la evolución del proceso salud-enfermedad.
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Bien por el precio de los medicamentos, pero… ¿y la calidad?

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El paciente deposita su confianza en un profesional que le indicará lo mejor, según sus conocimientos, mientras el médico confía en que el paciente siga sus indicaciones con precisión. Esto incluye la prescripción de medicamentos que han demostrado ser efectivos, sea por evidencia científica o por experiencia personal.

No se comprende cómo, entonces, la opinión del doctor –el médico técnico, no el político– ha sido ignorada en la concepción de una ley que regula los precios de los medicamentos, pero que toca con paños tibios el aspecto no menos importante que es el de la calidad.

Estamos de acuerdo en que era urgente hacer algo para reducir su precio, que no se debe seguir enriqueciendo a pocos con el dolor de muchos, pero consideramos que no era preciso desmantelar el Consejo Superior de Salud Pública y sustituirlo por una entidad “autónoma” contaminada con todo el aparato burocrático estatal.

El implacable bombardeo mediático al que se nos ha sometido recientemente en favor de esta ley, por ignorancia o por malicia, tergiversa u omite algunos conceptos transmitiéndonos verdades a medias, hipótesis sin fundamento o falsedades absolutas.

Ciertamente el precio no debería ser un reflejo de la calidad de los medicamentos; pero la realidad en la práctica es diferente. En el mercado salvadoreño existen algunos medicamentos de muy buena calidad, pero muchos no la tienen.

El conocido dicho popular “lo barato sale caro” funciona con la ropa, con los repuestos y con los frijoles. ¿Por qué no habría de funcionar con los medicamentos? Su efectividad no depende solamente de su composición química. Lo que determina si un medicamento genérico es capaz de sustituir al original, produciendo el mismo efecto, es la bioequivalencia. La mayoría de productos farmacéuticos en nuestro país carecen de esos estudios y por ello no se les debería considerar intercambiables.

Se dice que Colombia obliga a la prescripción por nombre genérico, pero no se dice que solamente para las instituciones públicas. También se afirma que en Estados Unidos se utilizan muchos genéricos, pero no se dice que en ese país la calidad está garantizada por estrictos controles.

En El Salvador, como en otros países, esto no ocurre y en muchos casos se desconocen la procedencia de la materia prima, las condiciones de manufactura, almacenamiento y transporte, y ni hablar de bioequivalencia. Por otra parte, no es lo mismo comprar zapatos o hamburguesas que medicamentos. En tanto que el consumidor decide qué zapatos o hamburguesas compra, el médico es quien debe decidir cuál medicamento receta, porque mientras el paciente arriesga su vida, el médico pone en juego su prestigio profesional.

Las consecuencias de esta inconsulta ley electorera no se han hecho esperar. Algunos laboratorios farmacéuticos ya han cerrado o están por cerrar sus oficinas en El Salvador. Otras han tomado la decisión de retirar algunos productos muy importantes para los cuales quisiéramos que existieran sustitutos de demostrada calidad, no importa su procedencia. Muchas personas están quedando desempleadas. Muchos medicamentos van a estar más caros que antes, puesto que desaparecerán descuentos y promociones especiales y puede que algunos empresarios se aprovechen de vacíos o debilidades de la ley para incrementar sus precios.

La calidad de un producto se demuestra y la confianza se gana, no se decretan. Mientras no estén dadas las condiciones necesarias para garantizar la calidad, no se debería delegar en el dependiente de una farmacia o en el propio paciente una decisión que puede costarle su propia vida.

Tags:

  • Ley de Medicamentos
  • bioequivalencia
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