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Bipartidismo, alternancia y las piedras en el camino

La historia política de nuestro país favoreció la formación de dos fuerzas hegemónicas de naturaleza antagónica, resultado espontáneo con el que convivimos desde mucho antes de los acuerdos de paz... Esta realidad, apodada después de los acuerdos como bipartidismo, es ahora el pretexto populista para justificar la ausencia de entendimientos.
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La interpretación común del bipartidismo lo define como el medio para discriminar a grupos políticos minoritarios o alternativos y perpetuarse en las esferas del poder. A esto, se atribuyen secuelas como la polarización, intolerancia y corrupción, males que no podemos negar existen en el quehacer político nacional.

La identificación ideológica que nuestra sociedad ha desarrollado con las llamadas extremas es de antaño y está documentada, lamentablemente durante los últimos gobiernos vivimos la peor experiencia de desinformación histórica, escondiendo momentos políticos relevantes, presentando únicamente “hechos seleccionados”, con interpretaciones unilaterales que fomentan el resentimiento social y el complejo de marginación.

Nuestro problema trascendió la ideología y se volvió cultural, de ignorancia histórica y docilidad ante un adoctrinamiento político, generalizando los errores sociales de una minoría, para impulsar la intolerancia social, política y económica, abonando proyectos de estados dictatoriales plasmados en la agenda del comunismo.

La filosofía de la izquierda latinoamericana impulsada por Fidel Castro y luego reivindicada por Hugo Chávez sostiene que la democracia es consenso, ignorando que su verdadera naturaleza es el disenso y la discusión generada por nuestras diferencias. Disentir es inaceptable, hacer cambios o ajustes a su programa político es una traición, por lo que llegar a acuerdos con fuerzas opuestas es una irresponsabilidad política –su consenso es en realidad un dogma.

En El Salvador, a pesar de la alienación e imperfecciones en nuestra joven democracia y el empecinamiento de la izquierda de la guerra por convertirnos en un Estado totalitario, logramos mantener opciones diversas para elegir legisladores, alcaldes y experimentar la alternancia en casa presidencial, al punto de haber dado su oportunidad a los seguidores de Fidel.

Es así, que recién celebramos un nuevo proceso electoral y sus resultados sin discusión resumen el fracaso de los últimos dos gobiernos y el reclamo a sus altos niveles de corrupción, circunstancia que deja clara la oportunidad para el regreso de una derecha moderna y reciclada.

Si bien andamos el camino con un bipartidismo renco, su reúma no es ideológica, es una patología emocional, causada por los desmanes de la clase política. Pero el verdadero mal en nuestro quehacer político estriba en la forma parasitaria en que las fuerzas políticas minoritarias adquieren posiciones parlamentarias a costa de un sistema de escrutinio que burla la voluntad popular.

Si bien los partidos pequeños tienen algunos seguidores, el sistema les otorga escaños de forma desproporcionada, cerrando las puertas del diálogo a las grandes fuerzas, al convertirlos mágicamente en llave de las grandes decisiones, mutando hacia un sistema multipartidista, en donde solamente los dos partidos mayoritarios tienen definida su línea ideológica, mientras los demás se acomodan al más caritativo, entorpeciendo cualquier oportunidad de avance.

La decadencia de la clase política y el método de escrutinio bloquean la búsqueda de acuerdos y restan credibilidad a los procesos electorales. Sin embargo, con absentismo o no el pueblo elige –paradójicamente, son los elegidos los únicos que pueden hacer que las cosas se hagan mejor.

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