Bosques únicos... ¡Perdidos!

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1978. Falda sur-oeste de las lavas de Izalco. Técnicos evaluando un bosque espectacular de 30 manzanas. De vegetación mucho más exuberante que la de El Imposible, recurso insuperable para poblar en el futuro el volcán a cuya orilla se encuentra. Su propietario, presintiendo acciones conservacionistas del Estado, barre dicho bosque con cuatro tractores en un fin de semana, más que dispuesto a pagar la ridícula multa de 47 dólares por manzana con tal de lograr “un poco más de café”.

1981. Arriba de los 1,000 m.s.n.m. en la falda sur-oeste del volcán de San Salvador. Se percibe una considerable mancha de color café en la parte superior de los cafetales. Una inspección revela una escena desgarradora: Un bosque espectacular, de tipo totalmente desconocido hasta entonces, compuesto casi exclusivamente de grandes árboles de mezcal y duraznillo, árboles a su vez desconocidos por la mayoría de los salvadoreños (¡y ya muy escasos!) a pesar de su considerable importancia ecológica y biológica. Densamente cubiertos por orquídeas y otras plantas aéreas, se percibe de inmediato el origen del color café; todos los árboles han sido “estrangulados” –una práctica lograda mediante un corte circular completo de la corteza para que dicha planta “se muera de hambre”. Hojas muertas caen en silencio fúnebre.

Finales de los “cuarentas”. Bosque pantanoso con grandes árboles muy particulares de flores anaranjadas y otras extrañezas. Enormes bandadas de patos silvestres nativos y migratorios, garzas, ibis, martín pescadores, loras; abundante pesca. Bosque totalmente distinto a los morrales que cubren planicies de suelos más bien arcillosos. Se opta por entrar con “un proyecto de desarrollo que habrá de liberar a El Salvador de la importación de verduras de Guatemala”. A pesar de su insuficiente altura sobre el nivel del mar; de la alcalinidad de sus aguas. No se deja muestra alguna como reserva natural o testimonio de responsabilidad patrimonial. Con considerable pompa, se inaugura el proyecto de riego de Zapotitán, que habrá de fracasar contundentemente por las considerables omisiones hechas en su “planificación”.

Los “cincuenta y sesenta”. El bosque nebuloso de los Sisimiles, en la parte alta del cerro El Pital, más espectacular que el de Montecristo, es discretamente talado y removido en gran parte en camiones de color sospechosamente similar. E Igualmente los diversos y únicos bosques de pino y encino hacia abajo en dirección de La Palma y San Ignacio.

En iguales términos pueden narrarse las trágicas historias de los bosques costeros de Jucuarán, los robledales del volcán de San Miguel y Cacahuatique; los bosques pantanosos y abrumadoramente productivos (de peces, camarones y moluscos, entre otras cosas) antes existentes en Olomega, El Jocotal y atrás de los manglares, que en gran medida eran vitales para la alta productividad de los mismos.

No hay duda alguna de las causas de esta irresponsable destrucción patrimonial y deterioro ambiental: Acciones antojadizas y políticas miopes tratando de justificarse en “la escasez de tierras” cuando claramente el problema debe deletrearse “pésimo uso de tierras agrícolas ya en uso y ausencia de normativa (¿conocimiento?) adecuada para su manejo productivo y sostenible.

El Salvador no tiene ya derecho alguno de quejarse de su pobreza generalizada que en medida excesiva ha sido autoinfligida. Y sigue siéndolo. Ya no existe espacio para más excusas, para políticas que claramente buscan entorpecer una fortaleza institucional, judicial y de acción ambiental en este país.

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