Buena parte de nuestros problemas nacionales provienen de no haber asumido y practicado la democracia como es necesario e insoslayable

Cada sociedad es un pueblo, y, por consiguiente, requiere un esquema en el que el pueblo pueda desenvolver su poder, una vez que éste se manifieste como tal.
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Buena parte de nuestros problemas nacionales provienen de no haber asumido y practicado la democracia como es necesario e insoslayable

Buena parte de nuestros problemas nacionales provienen de no haber asumido y practicado la democracia como es necesario e insoslayable

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Buena parte de nuestros problemas nacionales provienen de no haber asumido y practicado la democracia como es necesario e insoslayable

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Aunque definir estrictamente la democracia constituye una labor ardua y de resultados casi nunca esclarecedores, en la base del concepto sigue estando su origen etimológico: es el poder del pueblo. Decirlo así, sin más, es en verdad muy poco ilustrativo, aunque revele la raíz más profunda. Poder del pueblo, sí, ¿pero cómo estructurar y ejercer dicho poder? Al sólo planteárselo queda claro que el poder, ejercido por dicho sujeto, necesita inevitablemente el auxilio de la ley, que debería ser el primer resultado de tal ejercicio. El pueblo es un conglomerado que presenta espontáneamente sus propios límites. Cada sociedad es un pueblo, y, por consiguiente, requiere un esquema en el que el pueblo pueda desenvolver su poder, una vez que éste se manifieste como tal. La democracia alza cabeza entonces cuando el pueblo se empodera de su propia naturaleza y la hace valer en forma normativa.

Para que esto ocurra se vuelve indispensable establecer el debido equilibrio entre dos factores que en ningún caso pueden faltar cuando de democracia en ejercicio se trata: libertad y autoridad. El profesor y ensayista italiano Giovanni Sartori dice al respecto en su obra “Aspectos de la Democracia”: “Se dice que la verdadera libertad acepta la autoridad, tal como la verdadera autoridad reconoce la libertad. La libertad que no reconoce la autoridad es una libertad arbitraria, es ‘licentia’ y no ‘libertas’. Viceversa, la autoridad que no reconoce la libertad es autoritarismo”. Lograr dicho equilibrio implica establecer como base justamente la noción de equilibrio, que nunca se manifiesta en forma automática: tanto la libertad como la autoridad exigen conciencia, reconocimiento y aplicación que cotidianamente se pongan a prueba. La democracia, pues, es una puesta en escena cotidiana que se va desplegando en el tiempo.

Al hacer un recorrido en perspectiva hacia el pasado, lo que los salvadoreños podemos recoger como testimonio de nuestra propia experiencia es la falta endémica de un ejercicio democrático real, que nos fuera conduciendo a lo largo del trayecto con estaciones que se conoce como proceso nacional. Desde nuestro arribo a la vida independiente, allá en la primera mitad del siglo XIX, hasta el inicio de la octava década del siglo XX, nunca se dio en nuestro ambiente una apuesta democratizadora sustentada. A lo largo de todo ese extenso período, la autoridad estuvo muy por encima de la libertad, y por ende lo que imperaba era un autoritarismo apenas revestido por momentos de formalidades democráticas, que nunca tomaban cuerpo en los hechos. No es de extrañar, entonces, que llegáramos a la democracia como infantes de parvularia, prácticamente con todo por aprender.

Vino después el tránsito de la guerra a la posguerra, con toda su carga de exigencias por resolver; y el aprendizaje de la democracia en activo no tomó puesto preeminente en la agenda nacional. Y así podríamos decir, en términos de Sartori, que hemos tenido una democracia gobernada, no una democracia gobernante. Gobernada por los reflejos fácticos del viejo autoritarismo, no gobernante conforme a los conceptos, principios y normas de un auténtico régimen de libertades.

Al ser así las cosas, queda perfectamente a la vista que la primera gran tarea nacional por emprender es la que consiste en asumir la práctica democrática como lo que es: un juego ordenado de relatividades, que comienzan por la relatividad del poder, ya que en el despliegue de la competencia nadie lo gana todo ni nadie lo pierde todo, por más que eso sea lo que quisieran obsesivamente los que compiten. Las líneas de pensamiento político y socioeconómico, las fuerzas de acción en competencia y los liderazgos de conducción tienen que comprometerse, sin reservas ni evasivas, con el logro del equilibrio virtuoso entre libertad y autoridad, entre poder que conduce desde el gobierno y poder opositor que ejerce contrapeso desde la oposición. Y en la medida que se vaya llegando efectivamente a tal situación de relatividades inteligentemente balanceadas podremos hablar de habilitación de la paz y de animación del desarrollo; es decir, de la democracia en pleno, con todas sus piezas alineadas y en movimiento.

Nuestro dilema más determinante en lo que a la gestión democrática se refiere está a todas luces centrado en lo siguiente: seguir atados a inoficiosas tendencias del pasado o encarar de una vez por todas los renovadores desafíos del presente. En ese acto de responsabilidad compartida está el sustento insustituible de los buenos entendimientos que la realidad exige cada vez con mayor impaciencia histórica.

Tags:

  • democracia
  • pueblo
  • libertad
  • autoridad

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