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Bukelismo

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Florent Zemmouche - Colaborador de  LA PRENSA GRÁFICA

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Los ingenuos y los optimistas son sin duda los únicos sorprendidos por los resultados de las elecciones y de la victoria aplastante del partido oficialista. Si entre ese grupo se encuentran políticos, tienen que sentirse aludidos por la bofetada, y pueden sentirse culpables. El voto por los peones del presidente también es un voto de rechazo –y de cierto modo de venganza– contra el resto de la clase política y sus tímidas, torpes o inexistentes propuestas. Si bien Bukele es solo un síntoma, es sobre todo la creación de los derrotados de hoy como los de ayer.

La oposición, si quiere verdaderamente serlo, tendrá que detenerse, reflexionar, analizar, mirarse, cuestionarse y reinventarse. Para eso, hay que evitar caer en las numerosas trampas de Bukele; cuando muestra algo, no hay que mirar su dedo, sino lo que señala. O mejor dicho, después de haber mirado su dedo, hay que observar lo que muestra. Y en realidad, haciendo eso, mirando lo que señala, se le entiende mejor, su manera de ser y operar, sus éxitos, sus fuerzas y debilidades. Porque en términos de mensajes y contenido, Bukele no inventa nada; mira, escoge y recicla. Su método se parece al del aikido, aquel peculiar arte marcial en el que no se ataca nunca, solo se defiende, reutilizando siempre la fuerza del otro, del adversario. Bukele mete la cabeza en la gran olla de la sociedad, donde se cuecen a fuego lento los sentimientos y las pasiones que puede a su vez cocinar: pobreza, indiferencia, abandono, rechazo, violencia, venganza, inocencia, desilusiones. Este plato típico es lo que hay que considerar.

En torno a las debilidades de Bukele, porque sí existen, hay una interesante que surge en las elecciones: la aparente falta de confianza que le tiene a su base electoral o a su discurso y estrategia (lo que generaría efectivamente una falta de confianza en todo). Mientras que, como él mismo lo había repetido, todos los sondeos del país anunciaban una victoria contundente, el domingo sintió la necesidad de violar el silencio electoral para dar una conferencia de prensa y pedirle a la gente que fuera a votar, exactamente como lo había hecho el día de las elecciones presidenciales. Algo que sin duda no sirve para nada más que aportarle a él mismo confianza y buena conciencia. Y quizás sea posible entender en ese sentido los falsas acusaciones de fraude que denunció meses atrás hasta el día de las elecciones, y que han misteriosamente desaparecido con la victoria.

Este 28F ha sido un referéndum tácito: a favor o en contra de Bukele. Ningún candidato de Nuevas Ideas supo o quiso hacer propuestas serias, proponer un programa, aceptar un debate. Solo –pero suficiente– bailaron sobre y con el bukelismo, asegurando y repitiendo que la "N" era la de Nayib y que estaban vinculados con el presidente mediante "un cordón umbilical" y que "después de Dios, Nayib Bukele es el líder al que [siguen]". La respuesta al referéndum ha sido fuerte y clara.

Esta personalización del poder y de las elecciones, y hasta culto a la personalidad, que constituyen el bukelismo tienen, entre otras cosas, una buena y una mala noticia. La buena es que como suele ocurrir con estos fenómenos mesiánicos y caudillistas en el continente, tendrán muchas dificultades para reemplazar a Bukele. La mala es que, por lo mismo, puede durar mucho tiempo.

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  • oposición
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