Buscando el sitio ideal

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<p>Allá, al fondo del valle, se alza una pequeña colina rocosa, que es la única que hay en los entornos. Por uno de los caminos que cruzan la planicie viene avanzando un vehículo todoterreno, que se detiene a cada instante, como si sus pasajeros buscaran algo en la dilatada soledad. Cuando la colina se les hace visible, el vehículo corta la marcha y tres hombres con vestimenta de monjes salen de él. Observan detenidamente la perspectiva. Uno de ellos dice: “Es el lugar ideal”, señalando el volumen de la colina. El que está a su lado aprueba, con un gesto. Pero el tercero, que se ha quedado un par de pasos atrás, murmura escéptico: “No todo lo que está más alto mira hacia arriba”. Su comentario pone a los otros dos en guardia: “¡Pero un monasterio debe ser visible para todos!” “¿Quién va a encontrarnos si no nos hacemos ver?” El tercero avanza unos pasos hasta lo que es el borde de un arroyo cercano. “Este sí sería el lugar idóneo: hay agua disponible y con ella podemos plantar un huerto, que sería la señal”. Los otros dos no responden pero tampoco rechazan. Y él concluye: “Ir hacia arriba no es cuestión de piedras sino de ramajes”. </p><p></p><p></p>

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