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Buses caros gente barata

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Autobuses costosos, salvadoreños rebajados. En una reunión entre el Banco de Desarrollo de El Salvador (BANDESAL) y miembros de la Mesa Nacional de Transporte, agregadas otras gremiales, los buseros rechazaron los créditos ofrecidos para la adquisición de vehículos nuevos, alegando que con los intereses anunciados no les salen las cuentas. Que solamente se conformarían a ellos y, por tanto, a renovar la flota, si el pasaje urbano ascendiese a 50 céntimos, “más” el subsidio.

Los ciudadanos comunes tenemos la bien marcada impresión de que los buseros han actuado siempre con mucha ganguería y poco sentido empresarial. No sabemos cómo hacen sus cálculos, pero suponemos, con toda racionalidad, que los funcionarios del banco ni son ciegos, ni ignorantes, para ofrecerles préstamos “de desarrollo” incosteables.

Quizás el razonamiento de los buseros es más sencillo y de lógica propia. Según el cálculo del Fondo para la Atención a Víctimas de Accidentes de Tránsito (FONAT), la indemnización que corresponde a los deudos por un muerto en un accidente de tránsito es de $3,500. El valor de un bus nuevo, dijeron los sagaces empresarios, es de $150,000, mientras el de uno usado, es de $25,000. La diferencia, $125,000, alcanza para cubrir el precio de 35 salvadoreños, de modo que por muchas víctimas que provoque, el bus chatarra resulta más ahorrativo y, por tanto, más lucrativo que uno flamante.

Universidad y cogobierno. Dos artículos recientes que he dedicado a la reforma universitaria, el movimiento latinoamericano nacido en Córdoba, Argentina, en 1918, han atraído comentarios favorables, no solo entre los que en El Salvador alcanzamos a participar en las luchas por sus conquistas, sino en profesionales de hoy, a quienes del tema les ha parecido interesante su trascendencia histórica.

Comencé recordando el art. 205 de la Constitución de 1950, coronación jurídica de las batallas reformistas, que consagra una de las más flameantes banderas de Córdoba, la autonomía de la Universidad, así, con mayúscula, porque se refería a la entonces única de El Salvador, la Nacional. La disposición de la Carta Magna no podía aludir, ni someramente, a las demandas de 1918, entre las que destacaba el cogobierno.

Quizás el mayor teorizante del mismo, firmante del Manifiesto, una de las cumbres de mayor elevación en el pensamiento reformista, el argentino Gabriel del Mazo, plantea la cuestión de este modo: “Habíase instituido un tríptico... Universidad, Política, Empresas. Las tres... concertadas para el utilitarismo individual y la negación de los fines nacionales y sociales de la enseñanza superior...” Frente a lo cual el gran líder sindical, brillante ingeniero y político democrático hace este “Postulado: la universidad es una Comunidad constituida por todos sus miembros, y son miembros de la Universidad los profesores, los estudiantes y los graduados vinculados. De esa comunidad surgirá su gobierno”.

Un asomo de esa concepción comunitaria está, dije, en el Decreto-partida-de-nacimiento-de la Universidad, enlazado con la categoría de corporación, “universitas”, como nacen las universidades en el medioevo; y con el cogobierno plasmado en la Ley Orgánica y el Estatuto Orgánico de 1951 de la Universidad de El Salvador.

La primera, en cuanto norma superior, crea como máxima autoridad la Asamblea General Universitaria, integrada en un tercio por cada uno de los representantes: de los estudiantes, de los profesores y de las asociaciones profesionales. De esa comunidad, como quería del Mazo surgía su gobierno. Cómo está eso hoy, es cuestión a exponer y juzgar.

Tags:

  • autobuses costosos
  • racionalidad
  • prestamos de desarrollo

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