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COVID 19: ¿Iberoamérica frente al abismo?

Las fronteras no existen ni para el virus ni para la economía ni para el desarrollo sostenible.

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Mariano Jabonero - Secretario general de la Organización de los Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI)

Mariano Jabonero - Secretario general de la Organización de los Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI)

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Parece que fue ayer cuando estábamos debatiendo sobre cuestiones como las incertidumbres que generaban algunos cambios políticos en la región iberoamericana, o el moderado crecimiento del PIB. Y en esas llegó el COVID 19 y mandó parar.

El escenario que se avecina no puede ser peor. Apenas hace unos días que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de Naciones Unidas (CEPAL) corregía su moderada previsión de crecimiento del PIB de la región, que pasaría del 1.3 %, a un 1.8 % en negativo, una estimación que acaba de ser corregida por la misma organización, apenas tres semanas después de la anterior, al informar de un espectacular hundimiento del PIB iberoamericano del 5.3 %, el mayor desde la Gran Recesión de 1930. Sin embargo, estos augurios pueden ser aún más pesimistas, con grandes caídas de las principales economías de la región, que hoy lideran México con un desplome que ya supera el 6 %, Argentina con una caída del 5.2 %, o Brasil, con un 5 %. Solo República Dominicana y Guyana parece que, de momento, se libran de esta hecatombe económica. Junto a ello, se encuentran la caída de las exportaciones en un 10.7 %, la bajada de los precios de las materias primas que constituyen la principal fuente de ingresos de estos países o, entre otros factores negativos más, la drástica reducción de las remesas.

Este escenario macroeconómico tiene sus consecuencias en las políticas sociales, el desarrollo y el bienestar de conjunto de la comunidad iberoamericana. En primer lugar, los sistemas de protección social y de salud no están siendo capaces de atender debidamente a los afectados por la pandemia. No voy a recurrir al inútil recuerdo de los profetas de ocasión que hoy nos aburren con el consabido, "esto ya lo dije yo", algo que ya no aporta nada y solo sirve para alimentar egos, ya procedan de multimillonarios que, además de acumular inmensas riquezas quieren presentarse como visionarios, de diletantes académicos o de políticos oportunistas. Las consecuencias extremadamente graves que se avecinan no me lo permiten: según todos los informes, pasaremos de 186 millones de pobres a 220 millones, además de otros 91 millones de pobres absolutos, lo que agudizará la brecha de desigualdad en la región; la oferta de empleo se va a reducir de manera drástica, penalizando de manera especial a los jóvenes y a las mujeres, quienes además de desempeñar la mayor parte de las tareas domésticas, están en primera línea frente a la pandemia (representan el 75 % del personal que se ocupa de la atención a ancianos, dependientes y los servicios de salud).

Desde la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) hemos apostado siempre por la sociedad del conocimiento para superar la trampa de los países de renta media, especialmente para remontar nuestra débil productividad por la dependencia de la venta de materias primas, ingresos que con esta crisis se van a reducir de manera notable. Frente a ello, la creación de conocimiento a través de la educación, la investigación y la ciencia, sus mejores instrumentos, debería tener en estos momentos un mayor protagonismo político y un apoyo generalizado, máxime cuando conocemos que hoy, como consecuencia de la pandemia, 177 millones de niños, niñas y jóvenes están fuera de la escuela, en domicilios con una grave desigualdad social y, debido a ello, con muchas menos oportunidades de futuro: en más del 40 % de esos hogares no hay conectividad, ni otros recursos educativos y culturales. Un estudio publicado recientemente por la OEI señala que esta forzada desescolarización tiene importantes efectos negativos sobre el aprendizaje y sobre las expectativas profesionales y salariales de los estudiantes confinados en sus domicilios.

En cuanto a la educación superior, nivel muy directamente relacionado con la mejora de la productividad de la región a través de la investigación y la ciencia, cerca de 30 millones de universitarios están también en muchos hogares sin acceso a internet, lejos de sus aulas, de sus laboratorios o de las empresas en las que realizan prácticas.

Iberoamérica no tiene recursos suficientes para hacer frente a esta crisis por la debilidad de sus economías, el elevado nivel de endeudamiento de muchos de nuestros países y la frecuente fragilidad institucional. Por ello, aplaudimos y apoyamos iniciativas como la llevada a cabo por importantes líderes de la región en la que piden al Fondo Monetario Internacional (FMI) un fuerte respaldo para la región. Es el mismo respaldo que también solicitamos a otras entidades de financiación multilateral, como son el BID, CAF o Banco Mundial y, por supuesto, a una cooperación internacional que debe volver a recuperar el espacio y protagonismo que tuvo en otras épocas.

Esta pandemia es un grave problema global que exige respuestas globales, así como fortalecer las relaciones multilaterales: no es un problema de uno u otro país, las fronteras no existen ni para el virus ni para la economía ni para el desarrollo sostenible.

Hoy tenemos que luchar en diferentes frentes: contra el virus, contra los efectos de la pandemia en nuestras sociedades y nuestras economías y contra la retórica vacía de los compromisos sistemáticamente incumplidos. No debe repetirse lo ocurrido en la crisis de 2008, cuando la cooperación sufrió el mayor recorte presupuestario de su historia, aun cuando algunos discursos teóricos hicieran parecer que nada había pasado. Si eso fuera así, la cooperación multilateral quedaría herida de muerte y sería muy improbable poder cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 y con el objetivo de lograr un mejor futuro para nuestra región y para todos y cada uno de sus habitantes.

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