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Caballos de Troya para el control oficialista

Ulterior conclusión: ni siquiera se trata de que el régimen no pudiese convivir con los remanentes de dos partidos que al igual que Gana y Nuevas Ideas fueron clientelistas y éticamente censurables; lo que pasa es que la corrupción que infiltra al gobierno es tan abrumadora que el único modo de encubrirla es anulando todo atisbo de pensamiento independiente y crítico, incluso el poco que le quepa a la languideciente partidocracia tradicional.

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En 10 meses, ARENA y el FMLN han perdido a varias de las alcaldías y sillas en los concejos municipales que los votantes les confiaron. Por el ritmo de las renuncias a su afiliación partidaria y las líneas y tono repetidos en el discurso de los que se fueron, no es temerario creer que hay algún agente externo promoviendo esta respuesta de los funcionarios de elección popular. El tiempo y los escrúpulos eventualmente revelarán si esta promoción de deserciones de esos institutos violó o no la Ley, pero la abrupta aparición de un nuevo partido y que alrededor suyo se tejan los nombres de algunos de los personajes más sórdidos de la operación política en El Salvador empata con estos hechos con una forzada y mal disimulada coincidencia.

Ese es un ángulo del fenómeno pero que no lo agota. Otra arista igual de relevante es lo que estas deserciones dicen sobre el estado de los dos partidos antes mayoritarios y lo descompuesto del espectro partidario salvadoreño.

Exceptuando algunas reacciones más angustiadas que firmes, ni ARENA ni el FMLN han metido -coloquialmente dicho- ni las manos ante este desmantelamiento de su participación en los gobiernos locales. La frágil y hasta cuestionable militancia de los cuadros en los que confió su representación municipal en el pasado ejercicio electoral es una expresión potente del deterioro de uno y otro instituto.

La descripción de lo que les ocurre a las fuerzas que se alternaron el poder político después de Chapultepec no merecería ninguna lectura dramática en un escenario democrático sano. La sociedad, entre más pujante en su discusión y debate, está más proclive a la renovación de los instrumentos con los que expresa sus heterogéneas ansiedades y pretensiones. Que unos partidos sustituyan a otros, que el contenido de uno de ellos se agote por lógica histórica ocurrió, ocurre y ocurrirá naturalmente en las democracias consolidadas.

Pero esa depuración también puede ser el caballo de Troya para poblar el espectro electoral de partidos títeres, financiados de manera opaca, que satisfagan agendas sectarias o le permitan al oficialismo nuevos cauces para desembocar en la misma acumulación de poder.

Es un método sacado de la vieja política: así como ARENA primero y luego el FMLN recrearon sociedad civil a través de oenegés a las que financiaban vía Asamblea Legislativa para mantener algún grado de control e infiltración en los movimientos que debían ser independientes, así ahora algunas de las semillas del régimen se reproducen en estos hongos.

Al final de este proceso de debilitamiento de la principal oposición partidaria que el gobierno encontró en las elecciones del año pasado, el riesgo ciudadano es que la velocidad con que las eventuales nuevas causas y movimientos se organicen hasta transformarse en vehículos para competir en la tribuna política se vea superada por la celeridad con la que desde chequeras reconocibles y temibles se funden, financien y compren marionetas a favor del autoritarismo.

Ulterior conclusión: ni siquiera se trata de que el régimen no pudiese convivir con los remanentes de dos partidos que al igual que GANA y Nuevas Ideas fueron clientelistas y éticamente censurables; lo que pasa es que la corrupción que infiltra al gobierno es tan abrumadora que el único modo de encubrirla es anulando todo atisbo de pensamiento independiente y crítico, incluso el poco que le quepa a la languideciente partidocracia tradicional.

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