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Cada día con coraje

En una de sus homilías, el papa Francisco afirmó: “Caminar ante la presencia de Dios de modo irreprensible” quiere decir “moverse hacia la santidad”. Un empeño que ciertamente tiene necesidad de un corazón que sepa esperar con coraje, ponerse en discusión y abrirse “con sencillez” a la gracia de Dios.
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La santidad no se compra. Ni la ganan las mejores fuerzas humanas. La santidad sencilla de todos los cristianos, la nuestra, aquella que debemos hacer todos los días, es un camino que se puede hacer solamente si lo sostienen cuatro elementos imprescindibles, a saber: coraje, esperanza, gracia y conversión.

El pasaje litúrgico tomado de la primera Carta de San Pedro es un pequeño tratado sobre la santidad, que dice que debemos “caminar ante la presencia de Dios de modo irreprensible”:

La santidad es un camino, la santidad no se puede comprar, no se vende. Ni siquiera se regala. La santidad es un camino ante la presencia de Dios, que debo hacer yo: no puede hacerlo otro en mi nombre. Yo puedo rezar para que aquel otro sea santo, pero el camino debe hacerlo él, no yo. Caminar ante la presencia de Dios, de modo irreprensible. El camino hacia la santidad requiere coraje.

El Reino de los Cielos es para aquellos que tienen el coraje de ir adelante y el coraje está movido por “la esperanza”, la segunda palabra del itinerario que conduce a la santidad. El coraje que espera “en un encuentro con Jesús”. Después está el tercer elemento, cuando san Pedro escribe: “Pongan toda su esperanza en aquella gracia”:

La santidad no podemos hacerla nosotros solos. Es una gracia. Ser bueno, ser santo, ir dando todos los días un paso adelante en la vida cristiana es una gracia de Dios y debemos pedirla. Coraje, un camino. Un camino, que se debe hacer con coraje, con la esperanza y con la disponibilidad de recibir esta gracia. Y la esperanza: la esperanza del camino. La Carta a los Hebreos relata el camino de nuestros padres, de los primeros llamados por Dios. Y de cómo ellos fueron adelante. Y de nuestro padre Abraham dice: ‘Pero, él salió sin saber adónde iba’. Pero con esperanza”.

San Pedro, en su Carta, pone de manifiesto la importancia de un cuarto elemento. Cuando invita a sus interlocutores a no conformarse “a los deseos de un tiempo”, los insta esencialmente a cambiar desde dentro el propio corazón, en un continuo y cotidiano trabajo interior.

La conversión es de todos los días: son conversiones pequeñas. Pero si tú, por ejemplo, eres capaz de lograr no hablar mal de alguien, estás por el buen camino para llegar a ser santo’. ¡Es tan simple! Tengo ganas de criticar al vecino, al compañero de trabajo: morderse la lengua un poco. Se hinchará un tanto la lengua, pero tu espíritu será más santo, en este camino. El camino de la santidad es simple. No volver para atrás, sino ir siempre adelante. Y con fortaleza.

Para ganarse el Cielo es preciso hacerse fuerza, estar dispuesto a hacer la Voluntad de Dios en todo momento, cueste lo que cueste. Para caminar se requiere dar pasos: levantar un pie primero y el otro después e ir siempre para adelante. Eso es la santidad: ir siempre para adelante, hasta llegar al Cielo, que es para siempre.

Ese es el premio que el Señor nos ha prometido si somos fieles a su palabra, que no es solo creer, aceptar la palabra de Dios, sino ponerla en práctica. Porque, como reza un refrán muy castizo: “Obras son amores y no buenas razones”.

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