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Cada día los salvadoreños debemos recordar que tenemos vida vivida y vida por vivir, para identificarnos en el tiempo

Si ejerciéramos la inteligencia espontánea estaríamos inequívocamente convencidos de que nos hallamos aquí para darnos a nosotros mismos el ejemplo de lo permanente vestido de fugacidad.

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David Escobar Galindo - Escritor

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Una de las lecciones más elocuentes de esta época que se presenta con tantas novedades es la que corresponde al ejercicio de la salvadoreñidad, que va pasando de las vaguedades teóricas a las precisiones pragmáticas. Tendríamos que preguntarnos en primer término qué significa hoy ser salvadoreño y actuar como salvadoreño. Es una pregunta en apariencia muy sencilla pero que esconde celosamente el meollo de una condición humana tal como se presenta en este momento del país y del mundo. Aventurándonos a interpretar dicho fenómeno planteamos una respuesta: Ser salvadoreño es una suma de realidades, que nos vinculan como nunca antes con el pasado y con el futuro; y actuar como salvadoreño es recrearnos con ánimo global.

En el título de esta Columna mencionamos la vida vivida y la vida por vivir, y tal mención nos ubica de inmediato en el plano de una temporalidad que es lo que tenemos realmente disponible para realizarnos como seres que son producto del tiempo y de su dinámica natural. En ese orden, lo que está más a la mano es convertirnos en gestores de vida, no con dramatismos estériles sino con afirmaciones inspiradoras. Al final de cuentas, le pertenecemos a la vida y en esa pertenencia se hace realizable el destino, que es el mejor capital de cada uno de nosotros, los herederos del misterio vital. Dios ha repartido este beneficio sin ningún tipo de discriminaciones.

Hay que recuperar el sentido de la vida, que es lo más valioso que recibimos desde el mismo instante de ver la luz. Si ejerciéramos la inteligencia espontánea estaríamos inequívocamente convencidos de que nos hallamos aquí para darnos a nosotros mismos el ejemplo de lo permanente vestido de fugacidad. Y no hay contradicción en eso: el ansia de eternidad es la mejor prueba de ello. ¿Seres fugaces con vocación de permanencia sin fin? ¿Y por qué no, si al fin de cuentas el alma está hecha para perdurar? ¿O no es así?

Es curioso y revelador cómo en esta era sobrepoblada de incertidumbres de toda índole se va abriendo paso, con más impulsividad que nunca, el ansia de reencontrarnos con nuestra esencia original. Seres de destino, con espíritu de guerreros indetenibles. Y al ser así, lo que nos acompaña es la ilusión de perdurar sin miedo a las amenazas de destrucción y de autodestrucción que están a la orden del día. Y en eso consiste la mejor garantía de que no somos sombras de paso.

Cuando hablamos de vida es imperioso hacer inmediata referencia a la vida nacional, que es en la que todos los salvadoreños compartimos herencias y perspectivas, desafíos y esperanzas. Nuestra vida nacional necesita, quizás más nunca, de la participación y del aporte de todos nosotros, los que pertenecemos a este hogar y a este horizonte. Es, pues, deber prioritario servirle a El Salvador en todo lo que esté a nuestro alcance.

Dicho deber no se agota en los servicios que se despliegan naturalmente en el día a día: lo que se hace más significativo, ahora y siempre, es estar permanentemente en vigilia por la suerte de la nación y de sus integrantes, asumiendo dicha actitud no como un sacrificio sino como un privilegio, porque eso es lo que justamente es: el privilegio de pertenecer a un conglomerado de emociones que son como las nubes del invierno y como los celajes del verano...

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  • orientaciones
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  • vida
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