Cada día se vuelve más apremiante sumar fuerzas y esfuerzos para lograr que el país vaya avanzando en serio hacia adelante

La construcción de puentes tanto sociales como políticos e institucionales se ha vuelto la fórmula clave para tratar la problemática existente con posibilidades reales de éxito.
Enlace copiado
Enlace copiado
Las voces que se manifiestan por la necesidad de emprender esfuerzos reales y consistentes en la línea de los entendimientos consensuados vienen acumulándose progresivamente en los últimos tiempos. En estos días, la nueva Embajadora de Estados Unidos en nuestro país, que recién acaba de presentar cartas credenciales, se ha apuntado a esa serie de llamados, expresando en su primera conferencia de prensa que “para poder progresar es fundamental que los salvadoreños retomen el diálogo y construyan puentes”. Es un llamamiento reiterado, que deriva sin ninguna dificultad de la misma realidad de los hechos: ante una problemática nacional sólo puede funcionar una estrategia nacional, que tiene que ser, insoslayablemente, producto del más amplio consenso, y que puede ir dirigiéndose a áreas específicas pero sin perder las conexiones entre los diversos problemas y sus posibles soluciones.

En las circunstancias prevalecientes en el país ya no puede haber ninguna duda razonable sobre la necesidad de hacer valer justamente la racionalidad en el tratamiento de las cuestiones más complicadas y decisivas que están sobre el tapete. Dicha racionalidad siempre debió ser factor conducente hacia una dinámica de tratamientos eficaces y de ajustes ordenadores; pero así como están hoy las cosas, ya pasamos de la necesidad a la imperatividad, porque casi todos los grandes problemas se han salido de control; y lo que se requiere, entonces, es precisamente eso: control de la situación en todo sentido.

La construcción de puentes tanto sociales como políticos e institucionales se ha vuelto la fórmula clave para tratar la problemática existente con posibilidades reales de éxito. Y es la misma realidad la que va juntando piezas y alineando voluntades, como estamos viendo en el ámbito de la lucha contra la criminalidad, donde un surtido de medidas extraordinarias está convocando a una unidad de visiones y de cooperaciones en función de ir haciendo que los dinamismos institucionales cumplan de veras con su rol. La necesidad no responde a esquemas ideológicos ni es escenario para la conflictividad; por el contrario, lo que hoy se demanda es un juego armonioso de voluntades en pro del avance hacia la normalidad tan ausente y tan indispensable en todos los niveles de la realidad nacional.

La política bien entendida y bien administrada nunca es una lucha cuerpo a cuerpo entre enemigos, sino una interacción constructiva entre adversarios. Esto es lo que los actores políticos en juego tienen que entender y practicar para que el país en su conjunto pueda ir dirigiéndose hacia una nueva forma de encarar los problemas nacionales y hacia un renovado esquema de soluciones factibles de los mismos. Continuar en los enfrentamientos que no tienen otra justificación que la vieja práctica de estar en conflicto no sólo no lleva a nada positivo sino que los desgasta a todos cuando más necesidad existe de que las respectivas energías se acoplen hacia el progreso general y la prosperidad compartida.

Es de entender que la competencia política, sobre todo en su dimensión electoral, genere tentaciones de estar siempre en guardia frente al adversario; pero esto no debe impedir que la cooperación natural pueda hacer lo suyo.

Lee también

Comentarios

Newsletter