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Caminar con el Señor

La rigidez no es un don de Dios; la mansedumbre sí.
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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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“La rigidez del hipócrita no tiene nada que ver con la ley del Señor, sino que tiene relación con algo oculto, una doble vida que convierte en esclavos y hace olvidar que estar de la parte de Dios significa vivir la libertad, la mansedumbre, la bondad, el perdón. Son precisamente estas las actitudes del cristiano –que no debe aparentar ser bueno para enmascarar la «enfermedad» de la rigidez–”, decía el papa Francisco en una de sus homilías.

En uno de los Salmos de la Sagrada Escritura se dice “feliz el hombre que camina en la ley del Señor”, hemos de pedir la gracia de caminar en la ley del Señor, porque no es fácil caminar en la ley del Señor.

En el Evangelio de san Lucas se nos enseña esta dificultad de caminar en la ley del Señor y nos indica que es una gracia que debemos pedir: caminar en la ley del Señor. En este pasaje del Evangelio hay dos palabras fuertes sobre la mujer: liberada y prisionera. San Lucas, en efecto, escribe que había una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años y Jesús la libera. Pero lo hace en sábado y la ley dice claramente que el sábado no se trabaja.

La curación realizada por Jesús suscita indignación en el jefe de la Sinagoga, quien siente el deber de reprender a la mujer y dice: “Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado”. A estas palabras Jesús responde con fuerza: ¡Eres un hipócrita! ¿Qué haces con tu buey, con tu asno? ¿Lo desatas para llevarlos a abrevar, a comer? ¿Y a esta no?

«Hipócritas» es una palabra que muchas veces Jesús repite a la gente rígida, porque detrás de la rigidez hay algo oculto, siempre. En efecto, la rigidez no es un don de Dios; la mansedumbre sí; la bondad sí; la benevolencia sí; el perdón sí. Detrás de la rigidez hay, en muchos casos, una doble vida, es decir, aparentar vivir una vida falsa, porque interiormente pensamos algo muy distinto.

Recordemos la historia de los dos hijos de la parábola del “hijo pródigo” que relata también san Lucas en su Evangelio: El hijo mayor aparentaba ser bueno. En cambio el segundo hijo ha sido una calamidad, se marchó con el dinero y lleva una vida sucia, una vida de pecador.

Sin embargo, al final, la historia se revierte y ese pecador, que se había marchado de casa, se da cuenta de haber obrado mal y vuelve, pide perdón y el padre hace fiesta. El otro hijo, en cambio, está allí y muestra lo que hay detrás de su bondad. O sea, la soberbia de creerse justo: y reclama a su padre: A este tú le celebras una fiesta, a ese hijo tuyo, y a mí, que siempre te he servido, no me haces una fiesta.

Pidamos al Señor, poniendo par intercesora a Su Madre la Virgen Santísima, que también es Nuestra Madre y nos quiere con locura, porque Dios nos la dio como tal, que rectifiquemos siempre, como el hijo pródigo, acudiendo al Sacramento de la Confesión, que no caigamos nunca en esa rigidez mala.

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