Camino tortuoso

Si las elecciones libres, transparentes, equitativas, con una garantía plena de los derechos fundamentales, irrestricto acceso a la información, amplia participación ciudadana, constituyen, entre otros, los fundamentos de toda democracia de corte occidental, podemos colegir que la nuestra ha sufrido una seria fisura con los comicios del domingo antepasado.
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Este ejercicio ha venido a alertarnos de los riesgos que se corren, cuando la institucionalidad es frágil y es manoseada de forma descarada, para ponerla al servicio de una causa o proyecto que se aleja totalmente de la voluntad ciudadana.

Así, a quince días de dicho evento y después de numerosos ejercicios democráticos que se remontan a 1984, la población en general ha podido constatar las debilidades que todavía siguen gravitando sobre nuestro sistema político, con el riesgo de que un autoritarismo de nuevo cuño eche por la borda los presupuestos fundamentales del Acuerdo de Paz.

De hecho, el cúmulo de irregularidades detectadas previo, durante y después del evento, ha ido creando en la mente de la ciudadanía una especie de síndrome, donde a la voluntad popular se opone una inocultable estrategia de llevar al país por un camino que no es el que ha escogido la mayoría. Por el contrario, los nuevos grupos de poder, con cada paso que dan, ponen al descubierto una ruta que por sabida no debería extrañarnos, pero que incomoda y preocupa por la desfachatez y el cinismo muy propios de los gobiernos autoritarios para hacerse del control de todo y atropellar los derechos individuales y colectivos.

Juzgar los potenciales resultados electorales a partir de las anomalías detectadas en el transfuguismo de votantes, de los errores cometidos en el recuento y transmisión de datos, de la distribución arbitraria de votos, entre otros, no pueden ser achacadas a simples casos fortuitos, aunque sí denotan la falta de criterios para administrar un proceso de suyo complejo. Si bien no ha sido explícitamente abordado el tema, todo parece responder a acciones deliberadas que han encontrado en la actitud prepotente, huidiza y zigzagueante del presidente del TSE, una respuesta perfecta a la consigna de quienes lo ungieron como tal. Y si esto es así, el capítulo salvadoreño del chavismo habrá intentado, de manera burda, de emular a sus mentores.

Que la PDDH, el EIAP y varias organizaciones de la sociedad civil hayan empezado a elevar su voz para contribuir a sacarnos del embrollo en que nos ha metido el TSE –aunque válida y necesaria en las presentes circunstancias– no es precisamente algo de lo que podamos vanagloriarnos. Más allá de las verdaderas intenciones con que esos actores estarían tratando de terciar en una disputa –que fue zanjada por los votantes y aun por aquellos que no ejercieron el sufragio el mismo primero de marzo–, tenemos que enfrentar sin duda el desafío más formidable que nuestro desarrollo político nos ha impuesto después del Acuerdo de Paz.

Bajo estas circunstancias, lo que realmente importa es poner al descubierto las causas primarias que llevaron a una elección crucial para apuntalar nuestra joven democracia, a un punto que puede llevarnos a desandar el camino ya transitado. Lo grave es que solo un actor visible, con sus actitudes, ya da pie para pensar en las consecuencias del accionar de un ente dirigido que se mueve bajo la presión del partido político de turno, sin aparecer abiertamente como responsable de lo acontecido. Y al decir esto, no es que pequemos de ingenuos para pensar que esto podría ser de manera distinta; ello simplemente alude al hecho que nuestro sistema electoral ha llegado a un extremo donde la prepotencia engrandece, las mañas se tornan virtuosas, el cinismo ennoblece y donde sus comparsas le ayudan a maquillar las suciedades.

Lo que el partido en el poder también debe procesar es que con las recientes elecciones y aun sin tener datos definitivos de sus resultados, la población en general les ha mandado un nuevo mensaje: no al autoritarismo, la opacidad y al desenfreno. El problema radica en el cómo y cuándo volveremos a tener confianza en el sistema.

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