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Caminos de polvo

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En estos meses de verano la humedad ambiental se esfuma, y aunque las vegetaciones sean capaces de preservar al menos cierta parte de sus lozanías ancestrales, las presencias del aire seco y del polvo entusiasta ponen su marca en el ambiente. Cada año, por estos días, la remembranza del mundo campesino de otros tiempos se me hace presente en imágenes que nunca podré olvidar. Enero es un mes emblemático al respecto. El cielo transparente, con profundidades de luminosidad azulosa, está siempre aquí, como buscando interlocutores amigables. Desde que tengo memoria fui uno de esos interlocutores. Allá, en las jornadas del campo, me acostumbré a salir a caminar por los potreros y por las colinas, siguiendo veredas polvorientas, que se animaban al menor soplo de brisa y ya no se diga cuando llegaban las ráfagas de viento. Una de mis caminatas favoritas era la que me llevaba a una chorrera de agua que caía en una pequeña poza, en uno de cuyos paredones aledaños estaba el ojo de agua, que ubico entre mis maestros originarios. Gota a gota nos llega a los humanos la sabiduría posible. Y la ruta de polvo me servía de acceso educativo por su suavidad imperturbable. Con el paso del tiempo he ido entendiendo con más espontaneidad los ejemplos que nos da la Naturaleza con sólo estar ahí, a nuestro alrededor. Y la memoria, que es un almacén de lecciones, va haciendo lo suyo con creciente eficacia docente. Nuestra forma más agradecida de corresponder a todos esos servicios gratuitos consiste en estar perpetuamente dispuestos a revivir lo sencillo con vocación trascendental.

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