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Can-di-da-tos

A muchos de nuestros políticos les vendría bien callarse la boca.
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Cuántas veces el piadoso lector no habrá pensado, al leer o escuchar al diputado o ministro de moda esa semana, “¿y estos sabrán leer y escribir o sólo firmar?”. Y digo “de moda” porque, como si recorriéramos los pasillos de un circo de esperpentos, nuestra fauna política es de fugaz notoriedad, como corresponde a gente sin sustancia, sin discurso sobre cosa alguna, sin posiciones personales sobre los temas de la polis, puro efecto, tan relevantes como unos ejotes en el almuerzo. Personajes de nuestra política que, conscientes de su incapacidad para capturar opinión pública a través de la dialéctica, se resignan a obedecer a sus publicistas. Y así salen a la luz la pirueta de la melaza, el hombre Marlboro, las cunas de cartón y otros bodrios.

Pasemos de largo sobre la solvencia moral con la que opinan. Desde el día en que Guillermo Gallegos juró como presidente de la Asamblea Legislativa para luego protagonizar un chusco monólogo sobre la Biblia, el Centro de Gobierno superó a Macondo.

No se trata de demandar decencia como condición “sine qua non” para el ejercicio público y los cargos de elección popular; “faltaba más, no nos pongamos puristas”, diría ese renacentista de la curul que se llama Blandino Nerio. Pero si se acercan los días en que la chulada de candidatos a diputados y a alcaldes que recorre el espectro ideológico nos pedirán primero atención y después el voto, lo menos que podemos exigirles es un discurso con las tildes bien puestas, que parezca escrito por un estudiante de bachillerato, al menos sujeto, verbo y predicado.

Eso es a nivel estrictamente formal, porque lo otro, que es aguardar por un debate valiente y sincero sobre los problemas de la ciudad o del país, no ocurrirá.

Además de una expresión mediocre, de un desconocimiento abrumador de la sintaxis y de una supina ignorancia de la Historia disfrazada de posmodernismo, si algo caracteriza a una persona vulgar, malamente educada, es su intolerancia por los que piensan distinto. Y este último rasgo es distintivo de la mayoría de voceros del FMLN, y de más de los representantes que el partido ARENA quiere reconocer.

Su rechazo a la discusión, a la argumentación, al refuerzo táctico, es de tal porte que se resisten incluso a establecer una posición. ¿Cómo es posible que en medio de la crisis fiscal ninguna de las dos fuerzas políticas mayoritarias le haya dicho al país que se vienen más impuestos? ¿Cómo es posible que, en lugar de debatir sobre la recuperación del espacio público como parte de la estrategia contra las pandillas, los municipios más importantes del país se dediquen a la virguería? ¿Por qué se les antoja más recrear una corte de eunucos digitales que les aplauda las “agudezas” que debatir en el país real, ese lugar a la vez violento y sublime, sordo y necesitado que se llama El Salvador?

Todo eso es posible porque en la política tenemos un alarmante per cápita de incapaces por kilómetro cuadrado que hicieron de una cosa la cosa, o para que nos entendemos mejor, mi querido Othon, del insulto el discurso.

Uno, al menos uno de los candidatos al concejo o a la diputación de su departamento tendría que ser mejor que usted o que yo; no me refiero a la moralidad ni al imperativo categórico, a si creen en todos los santos o si saludan de beso en el cachete a los LGTB. Me refiero a que sean más educados y cultos que sus votantes y a que sepan deletrear mejor que María Paz.

 

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