Lo más visto

Capaces de avergonzarnos

“La gracia de la vergüenza es la que experimentamos cuando confesamos a Dios nuestro pecado y lo hacemos cuando acudimos al sacramento de la confesión, bien preparados, dijo el papa Francisco en una de sus homilías. No diciendo que nos confesamos directamente con Dios, como dicen algunos”.
Enlace copiado
Capaces de avergonzarnos

Capaces de avergonzarnos

Capaces de avergonzarnos

Capaces de avergonzarnos

Enlace copiado
San Pablo, después de haber experimentado la sensación de sentirse liberado por la sangre de Cristo, por lo tanto recreado, advierte que en él hay algo todavía que le hace esclavo. Y en la carta a los Romanos (7, 18-25) el apóstol, se define desgraciado:

“Sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, el querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí. Se confiesa pecador. Nos dice: Cristo nos ha salvado, somos libres. Pero yo soy un pobre hombre, yo soy un pecador, yo soy un esclavo”.

Se trata de la lucha normal de los cristianos, nuestra lucha de todos los días. “Cuando quiero hacer el bien, el mal está junto a mí. En efecto, en lo íntimo consiento a la ley de Dios; pero en mis miembros veo otra ley, que combate contra la ley de mi razón y me hace esclavo”. Nosotros no siempre tenemos la valentía de hablar como habla san Pablo sobre esta lucha. Siempre buscamos una justificación: ¡Pero es que somos pecadores!

Es contra esta actitud que debemos luchar. Es más, si nosotros no reconocemos esto, no podemos tener el perdón de Dios, porque si ser pecador es una palabra, un modo de hablar, no tenemos necesidad del perdón de Dios. Pero si es una realidad que nos hace esclavos, necesitamos esta liberación interior del Señor, de aquella fuerza. Y san Pablo indica la vía de salida: Confiesa a la comunidad su pecado, su tendencia al pecado, no la esconde. Esta es la actitud que la Iglesia nos pide a todos nosotros, que Jesús pide a todos nosotros: confesar humildemente nuestros pecados.

La Iglesia en su sabiduría indica a los creyentes el sacramento de la confesión, de la reconciliación. Y nosotros estamos llamados a hacer esto: Vayamos a ese sacramento y hagamos esta confesión interior nuestra: la misma que hace san Pablo: “Yo quiero el bien, desearía ser mejor, pero usted sabe, a veces tengo esta lucha, a veces tengo esto, esto y esto...”. Y así como es tan concreta la salvación que nos lleva a Jesús, tan concreto es nuestro pecado.

Hay personas que se confiesan de muchas cosas genéricas, pero no dicen nada concreto: confesarse así “es lo mismo que no hacerlo. Confesar nuestros pecados no es ir a una sesión psiquiátrica ni tampoco ir a una sala de tortura. Es decir al Señor: Señor, soy pecador. Pero decirlo al sacerdote, pero este decir debe ser también concreto; y como la confesión es un juicio, hay que decir: me acuso de esto y de esto.

Ir a confesarse es ir a un encuentro con el Señor que nos perdona, nos ama. Y nuestra vergüenza es lo que nosotros le ofrecemos a Él: “Señor, soy pecador, pero mira, al menos soy capaz de avergonzarme”. Por ello pidamos esta gracia de vivir en la verdad sin esconder nada a Dios ni a nosotros mismos.

Pidamos también al Espíritu Santo luces para hacer un examen valiente, llegando al fondo, a las causas de nuestros pecados.

Lee también

Comentarios