Cardenal y testigo...

Quienes tenemos el privilegio de conocer a Mons. Gregorio Rosa Chávez sabemos –eclesialmente hablando– que sobran los méritos para que el Papa Francisco le haya nombrado cardenal de la Iglesia Católica
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Quienes tenemos el privilegio de conocer a Mons. Gregorio Rosa Chávez sabemos –eclesialmente hablando– que sobran los méritos para que el Papa Francisco le haya nombrado cardenal de la Iglesia Católica; como hombre de fe y pastor supo acompañar con valentía y prudencia a cinco arzobispos en tiempos de persecución y de paz: como sacerdote a Mons. Luis Chávez y González y Mons. Óscar Arnulfo Romero; como obispo auxiliar a Mons. Arturo Rivera Damas, Mons. Fernando Sáenz Lacalle y Mons. José Luis Escobar Alas.

Si hay un mérito a destacar en la vida sacerdotal de Mons. Gregorio Rosa Chávez, más allá de sus capacidades profesionales como comunicador social, rector del seminario, profesor de teología, párroco o presidente de Cáritas, es su rol de “testigo”, es decir, siempre al pie del martirio: de un arzobispo, de veintidós sacerdotes, de cuatro religiosas y de cientos de catequistas y celebradores de la palabra de las Comunidades Eclesiales de Base. Es un hombre que sabe de cruces, de dolor, de sufrimientos y de fe; y posiblemente no haya otro cardenal con esta experiencia. Ciertamente, el símbolo rojo escarlata de las vestimentas cardenalicias, significante martirial, sin lugar a dudas lo llevará Mons. Rosa Chávez con mucho orgullo y con un sentido de pertinencia particular. Pero Mons. Rosa Chávez no solo es parte de esta eclesiología martirial, sino que, a la vez, ha puesto como eje de su rol pastoral a los pobres, ubicándose con ellos en este lugar fundamental, y desde ellos ha sido un obispo consecuente; cosa poco común en nuestra sociedad contemporánea de falsos conversos.

Mons. Rosa Chávez tuvo el privilegio único de estar cercano a Mons. Óscar A. Romero, el Arzobispo mártir, y a Mons. Arturo Rivera Damas, el Arzobispo de la Paz; dos escuelas episcopales que marcan a cualquier ser humano de forma indeleble, y lo hacen verdadero discípulo de la fe, de la generosidad, de la misericordia y de la prudencia; esta cercanía y hermandad ha posibilitado un ejercicio teológico, pastoral y comunicacional peculiar, de tal modo que Mons. Rosa Chávez ha participado en la agenda nacional del país en múltiples iniciativas sociales, económicas, políticas y sobre todo eclesiales, con una palabra prudente, sabia y pertinente.

Cuando falleció Mons. Arturo Rivera Damas el 26 de noviembre de 1994, Mons. Gregorio entregó a todo el clero y seminaristas un mensaje pastoral impreso sobre los últimos apuntes de su puño y letra; en ese escrito en las primeras líneas Mons. Rivera comentaba sobre los nuevos cardenales que nombró el Papa Juan Pablo II, era una buena noticia para la Iglesia universal; leyendo ese mensaje, hoy a 23 años, interpreto que algo nos quiso decir...

Finalmente, creemos y esperamos que Mons. Gregorio Rosa Chávez (como lo ha demostrado también el Papa Francisco I) será un cardenal peculiar, con una eclesiología genuina, “sintiendo con la Iglesia” y respondiendo a esta noble definición: “Esta es la Iglesia que yo quiero. Una Iglesia que no cuente con los privilegios y las valías de las cosas de la tierra. Una Iglesia cada vez más desligada de las cosas terrenas, humanas, para poderlas juzgar con mayor libertad desde su perspectiva del Evangelio, desde su pobreza” (Mons. Óscar A. Romero, Homilía, 28.08.77).

Mons. Gregorio Rosa Chávez, gracias por su testimonio y discipulado; la Iglesia, la historia y la fe le han devuelto al pueblo salvadoreño –en esta dignidad entregada a su persona– parte de la razón y parte de la reparación por tanta sangre derramada... Con Mons. Romero Dios pasó por El Salvador (J. Sobrino), con Mons. Rivera Dios construyó la paz y con Mons. Rosa Chávez Dios invita a re-pensar el país desde la fe y desde la Iglesia.
 

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