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Carta editorial

Hacer de esta una población consciente y responsable en materia medioambiental exige que haya autoridades en la misma sintonía.
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El cambio climático no es un fenómeno abstracto. Es una realidad que en este país ya es la base de una serie de problemas tangibles, como la pérdida de bosques y la alteración de la época de lluvias, y también sociales, como los cambios en actividades económicas y las alteraciones en las dinámicas comunales. Pese a la gravedad de las consecuencias ya vistas, el país aún no se mueve hacia una actitud que dé paso a la ejecución de medidas de adaptación. El cambio climático no se puede detener de inmediato, pero se puede preparar a los habitantes para que el impacto no deje secuelas irreversibles.

Hacer de esta una población consciente y responsable en materia medioambiental exige que haya autoridades en la misma sintonía. Pero en El Salvador no se ha hecho lo propio. Este es uno de los países que se han presentado en la cumbre climática de Naciones Unidas sin haber ratificado el Acuerdo de París. Esto significa que no puede ser firmante y que tampoco puede participar en las negociaciones.
El Acuerdo de París está disponible para firmar desde el 16 de abril de 2016, el Día Mundial de la Tierra. Este documento ya ha sido ratificado, hasta el cierre de esta edición, por 103 países de 197 llamados a hacerlo. La diferencia con respecto al Protocolo de Kioto es que este implica responsabilidad en las contribuciones previstas determinadas para todos los países y no solo para los desarrollados. Quiere decir que El Salvador ya debía haber presentado compromisos concretos, medibles y fiscalizables para no poner en riesgo el acceso a recursos financieros para la adaptación.

La centroamericana es una región altamente sensible al riesgo por este fenómeno. Y aun así el que ha sido presentado como el Plan Nacional de Cambio Climático posee, según expertos, “serias deficiencias conceptuales sobre impactos, vulnerabilidad y adaptación”.

Esta edición recoge testimonios de tres lugares en donde las medidas de adaptación no son un tema postergable. Son una obvia necesidad. Son eso de lo que dependen las vidas de comunidades enteras. Algo que, hasta ahora, ha sido difícil de entender para unas autoridades demasiado centradas en lo superficial y no en lo transcendental.

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