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Los salvadoreños necesitamos genios y, al mismo tiempo, no sabemos tratarlos. Los ahogamos entre sistemas rígidos fabricados para uniformar.
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Los genios no saben de pagar recibos. Vuelan demasiado alto como para darse cuenta de que las obligaciones mundanas tienen plazos que se vencen. A los genios les da hambre, sí, pero sus maneras de afrontar incluso las partes rudas que les plantea la existencia humana son amargamente hermosas, como esa vez en la que, cuentan, su familia no tenía nada para comer, Salarrué les dibujó con los pinceles comida en platos vacíos.  Los salvadoreños necesitamos genios y, al mismo tiempo, no sabemos tratarlos. Los ahogamos entre sistemas rígidos fabricados para uniformar, aplastar y recortar.

La vida de Salarrué estuvo rodeada de geniales mujeres. Mujeres que fueron criadas de una manera poco convencional, en el marco de la exaltación de las artes en cada rutina. Su concepto de familia incluye un cuaderno en el que escribían canciones en conjunto, cuya música está escrita en un código que todavía es un secreto.
Los detalles que revela este texto del periodista Moisés Alvarado son entrañables. Deberían, en conjunto, ser parte de esa historia que aprendemos con el mote de nacional. Conocer más allá que la biografía oficial de alguien como Salarrué nos haría comprender que la aceptación de las diferencias es lo que hace rico a un colectivo. Si Salarrué y su familia vivieran en este momento, ¿qué tan aceptados y acogidos se sentirían en la sociedad que hemos formado? ¿Qué tan impulsados y apoyados se sentirían? ¿Valoraríamos su obra?

Las personas como Salarrué, Maya, Zelié, Olga y Aída ven el mundo de manera distinta. Con más claridad, quizá, con más atención a las cuestiones que sí importan y que sí alimentan el espíritu y la fuerza creativa. No están exentas sufrimiento y hambre, pero al procesarlos, los transforman en arte, como esos platos vacíos convertidos en lienzos que, con el tiempo, habrían acabado siendo una obra de tanto valor económico que habría bastado para dar comida no a una, sino que a muchas familias. Este texto es un llamado a la gente distinta: no se rindan, no se dejen ahogar. Resistan.

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