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Ceguera en el mundo

El lobby abortista pidió declarar el 28 de septiembre, iniciativa presentada a la ONU, el “día del aborto seguro” y lo único seguro aquí es que se trata de un crimen abominable de un ser indefenso en el seno materno.
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Qué ceguera y qué tragedia tan grande estamos viviendo al querer conmemorar y celebrar la matanza de niños por nacer, haciéndolo ver como un bienestar y un servicio de salud esencial para las mujeres.

Es repugnante semejante injusticia, rompamos el silencio diciéndole a las personas la verdad, contemos lo dañino que es un aborto, emocional, física y espiritualmente para las mujeres y, por ende, para las familias.

La justicia siempre va estar por encima de la ley. Martin Luther King decía: “No solo tenemos la obligación legal de obedecer las leyes justas, sino también una obligación moral; pero, de igual manera, tenemos la responsabilidad moral de desobedecer las leyes injustas”. Afirma también el padre Frank Pavone: “Todo aborto es igualmente maligno desde el punto de vista moral y ninguna ley puede jamás justificar uno solo de ellos. Cualquier ley que pretenda justificarlo no es una ley en lo absoluto, sino más bien un acto de violencia”.

Hay un claro objetivo: La legalización del negocio del aborto en América Latina. El número de víctimas inocentes es desgarrador y esto sin contar las madres y los padres, así como abuelos, hermanos, tíos, primos, o sea la vida devastada de los vivos que sufren en silencio el drama de esas pérdidas que los afectará toda la vida. Una mujer necesita apoyo, no un aborto.

No podemos dormirnos, la cultura de la muerte avanza robándonos lo más sagrado y destruyendo muchas familias. Es imperativo que toda persona defienda la vida de forma absoluta. No existe nada que tenga más prioridad en estos momentos que reconocer y proteger la vida de cada niño desde su concepción. No permitamos que los vientres de las madres se conviertan en sepulcros de sus propios hijos.

El padre Victor Salomon de “Sacerdotes por la Vida” comparte la historia conmovedora de una mujer llamada Laura y su hijo Salvatore, que nació en 1973, el año en que el caso “Roe vs. Wade” llevó a la legalización del aborto en Estados Unidos: “Estaba en el hospital recuperándose de la cesárea, después de haber dado a luz y le impactó el hecho que, aunque el área de maternidad estaba llena de mujeres, no había ningún otro recién nacido aparte del suyo. Su niñito estaba solo en un cuarto lleno de incubadoras vacías. Comenta que era un sitio extraño y hasta aterrador.

Una mañana la despertaron los gritos y gemidos que provenían del corredor. Pensando que se trataba de los dolores de parto de otras mujeres que daban a luz, preguntó a la enfermera por qué no había alguien que las ayudara, la enfermera respondió con gran naturalidad: ‘Oh, no, están en trabajo de parto, están abortando. No pensaron que dolería’. El hospital se especializaba en practicar abortos como consecuencia de la decisión de la Corte Suprema en 1973, era un negocio floreciente.

La imagen de esa maternidad fantasmagórica, con un único niño solitario, vacía de los alegres sonidos del llanto de los neonatos, solamente con el llanto desconsolado de madres que habían abortado resonando en los corredores vacíos, me recordó una vez más lo vacío que está nuestro mundo por todos los abortos que han ocurrido desde la legalización de esta atrocidad, la más horrible de todas”.

No caigamos en esta trampa mortal, tengamos la valentía de defender y respetar toda vida humana, libre de excepciones, reconociendo la supremacía de la dignidad humana.

“Pero terminemos la historia. ¿Qué pasó con el bebé de Laura? Ella misma lo cuenta con orgullo: su hijo, el padre Sal, ¡acaba de celebrar el primer aniversario de su ordenación sacerdotal en la Iglesia Católica!”

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