Chernóbil, 30 años después

Hace treinta años, el 26 de abril de 1986, el reactor 4 de la central atómica de Chernóbil, en la república soviética de Ucrania, explotó, volando la cubierta que lo protegía y liberando 180 toneladas de combustible nuclear del que el 2 % (3,600 kilos) era uranio puro, causando la muerte de 2 trabajadores y de 29 más en los meses siguientes.
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Hay una significativa diferencia respecto al lanzamiento de la bomba atómica de Hiroshima en 1945, donde se liberaron 6.3 kilogramos de plutonio. Ya que, contraria a la explosión de Chernóbil, que sucedió en tierra firme, la de Hiroshima explotó a 600 metros del suelo y mató instantáneamente a 70,000 personas e hizo que todo lo que se encontraba en un radio de 1.6 kilómetros fuese arrasado por las llamas y la lluvia radiactiva.

Los efectos de la explosión en tierra firme han sido más devastadores en Chernóbil, pues mientras hoy Hiroshima es una ciudad poblada, Chernóbil sigue siendo el epicentro de una zona de exclusión de 30 kilómetros de radio, donde los efectos de la radiactividad continúan activos a través de diferentes secuelas como cáncer, leucemia, deformidades congénitas en los recién nacidos, ya sean humanos, animales o plantas.

El secretismo que caracterizaba el manejo de información en la antigua Unión Soviética fue otra catástrofe añadida, pues, a pesar de que la onda radiactiva estaba muy intensa en la mayoría de ciudades de Ucrania y Bielorrusia, la fiesta tradicional del 1.º de mayo fue celebrada con manifestaciones masivas en dichas ciudades, exponiendo a la población a un efecto radiactivo más demoledor.

Son muchos los analistas que coinciden que la explosión de Chernóbil significó el principio del fin de la antigua Unión Soviética, pues al tiempo que las autoridades se vieron obligadas a reconocer la magnitud de la catástrofe, que afectó a buena parte de Europa Occidental, entre otros países a Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Occidental y hasta a Inglaterra, también reconocieron la imposibilidad de seguir la carrera armamentística con Estados Unidos de América (EUA) y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN), y ello debido al desastre que significó para el campo socialista de Europa Oriental, incluyendo a países lejanos como Cuba, Mongolia o Viet Nam, la economía socialista planificada de comando, donde no había cabida para la iniciativa personal ni la propiedad privada.

Ya en 1985, el entonces mandatario de la antigua Unión Soviética, Mijáil Gorbachov, anunció que la economía soviética estaba estancada y que la reorganización era necesaria. Para ello impulsó las reformas conocidas como uskoréniye (aceleración), glásnost (transparencia) y perestroika (reconstrucción). La explosión de Chernóbil aceleró la conclusión de que el campo socialista, con la ex-URSS a la cabeza, se encontraban en bancarrota y, aunque militarmente mejor equipados que el mundo capitalista, no tenían posibilidades de superar la crisis económica debido a las deficiencias estructurales de la economía planificada socialista.

El sarcófago que se construyó en Chernóbil para aminorar el efecto de la explosión nuclear también simbólicamente fue el ataúd en el cual se enterró a la antigua URSS, ya que la disolución del campo socialista, comenzada con la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, concluyó con la disolución de la URSS en diciembre de 1991.

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