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Chinos

El país que queremos no nos lo van a construir los chinos.

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Cristian Villalta

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Ellos ya hicieron el suyo, grande y rojo, una nación ambiciosa que como interminable horda de hormigas patrulla por el traspatio de Trump.

Hoy celebran al presidente cuscatleco como antes lo hicieron con el tico y el panameño; les llevó años pero finalmente fracturaron el bloque centroamericano pro taiwanés; en el caso de El Salvador, para ellos Gana sólo confirmó lo que el Fmln ya había firmado: amistad por conveniencia.

Nota al pie es que Sánchez Cerén y sus compadres al menos eran doctrinariamente cercanos a "la causa china" y recitaban el Libro Rojo de Mao como la tabla del uno; en el caso de Bukele, será divertido escuchar a la señora canciller explicar en un mismo discurso el rompimiento con Venezuela y alineamiento con China. Y sin enojarse.

Pero dejemos de lado a los chinos y a la promiscua agenda diplomática salvadoreña. Volvamos al país que queremos.

En el ambiente hay un aire de ruptura con lo peor de nuestra infancia democrática: la partidocracia y la polarización ideológica. Eso no significa que las cúpulas arenera y efemelenista hayan progresado intelectualmente, sino sólo que han estado tan ocupadas en quedarse con los escombros que no han tenido cabeza para volver a sus viejas mañas.

Algunos líderes amamantados por esas nodrizas, en una teta la intolerancia y en la otra la corruptela, pretenden erguirse como los líderes de la renovación, muchos de ellos desde el partido oficial y otros desde la pandilla de operadores políticos y travestis ideológicos que corteja al presidente. La misma lógica que empuja a la sociedad a buscar nuevos instrumentos políticos acabará con estas extravagancias, una suerte de eslabón perdido entre los dinosaurios del siglo pasado y los mamíferos de la década que adviene.

¿Qué traerá el cuenco del futuro? Nadie lo sabe. Intuimos que sustancialmente los mismos debates, porque los problemas de la convivencia social en un país con tantas desigualdades son perniciosos; ojalá que con futuros años vengan soluciones frescas, producto de la creatividad y del ingenio de una nueva generación.

Pero no podrán hacerlo solos. Sin el concurso de la sociedad, sin la manifestación de las distintas corrientes y la operación de las diferentes esferas de interés del país, corren el peligro de confundirse y de equivocar el camino.

El país que queremos no puede parecerse al país que tenemos. En el que queremos, la política está al servicio de la ciudadanía; esa verdad, de tan repetida prostituida, debe manifestarse en un ejercicio público transparente, en un compromiso del Gobierno con el derecho a la información y en incorporar ese rasgo a la genética misma del Estado.

En el país que tenemos, el viceministro de seguridad pública y director de centros penales viaja a México en un jet privado y se niega a explicar cómo se pagó ese vuelo. En el país que tenemos, personeros de Casa Presidencial solicitan al Instituto de Acceso a la Información Pública que viole los procedimientos de ley. En el país que tenemos, la ministra de Vivienda está dispuesta a intimidar a un ciudadano sin importarle si viola sus derechos. Estas personas y esa cultura están ahí para recordarnos que el pesebre, la vaca y el buey de este gobierno los puso Gana. Y ese es un pecado de origen.

Es lógico que el país que queremos siga sin parecerse al país que tenemos. Si no nos arremangamos la camisa, si no arriesgamos el metro cuadrado de nuestra seguridad y exigimos al gobierno, a los empresarios y a los círculos del poder discutir la viabilidad del país sólo tendremos lo que hoy tenemos: un cuento chino.

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