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Cien años de soledad: medio siglo de eternidad

Hace cincuenta años salía impresa la novela que habría de cambiar el rumbo de la literatura latinoamericana a nivel mundial y que posicionaría a los coetáneos de Gabriel García Márquez en el llamado “Boom” de la literatura del subcontinente.
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Editada en 1967 por la Editorial Sudamericana, en Buenos Aires, Cien años de soledad pronto alcanzaría tirajes extraordinarios y sería traducida a los principales idiomas del planeta.

El camino al “Boom” de aquella mágica literatura que reflejaba la original realidad de un nuevo mundo y de sus gentes había comenzado desde las primeras décadas del siglo XX con narradores precursores, el llamado “Pre-boom”, entre quienes destacan Alejo Carpentier (El siglo de las luces), Miguel Ángel Asturias (El Señor Presidente), Joao Guimaraes Rosa (Gran Sertón: Veredas), Juan Rulfo (Pedro Páramo), Jorge Luis Borges (Historia universal de la infamia), Juan Carlos Onetti (El astillero), Salarrué (Cuentos de barro), Ciro Alegría (El mundo es ancho y ajeno), y con poetas como Rubén Darío (Cantos de vida y esperanza), Pablo Neruda (Residencia en la tierra), Nicolás Guillén (El son entero), Octavio Paz (La estación violenta), Claudia Lars (Donde llegan los pasos), Gabriela Mistral (Desolación), César Vallejo (Trilce) o Vicente Huidobro (Altazor).

Esa sería la orfebrería de la cual surgirían en la década de los sesenta del siglo pasado novelistas del “Boom” latinoamericano como Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa; con sus novelas emblemáticas: La muerte de Artemio Cruz, Rayuela, La ciudad y los perros. Y es que en literatura no hay generación espontánea, no hay presente sin tradición, y estos paradigmas antecesores de García Márquez son el pasado de la tribu, la base que nutre a todo ser, sin la cual cae despedazado como si le faltara el alma.

El mascarón de proa de esta nave de los locos literarios fue Cien años de soledad, la magistral novela de García Márquez escrita durante año y medio en México D. F., entre fines de 1965 y el año 1966.

Recuerdo una mañana en Alemania a finales del siglo pasado cuando tuvimos a Gabriel García Márquez como invitado en el Instituto Latinoamérica de Berlín, donde, recién graduado de mi doctorado, impartía la cátedra de Literatura Centroamericana. Fue Carlos Rincón, su paisano y amigo entrañable, quien logró el contacto. Ahí, en medio de estudiantes y muchos escritores latinoamericanos residentes en Alemania, le pregunté al Premio Nobel cuáles eran los requisitos para ser un novelista. Tener algo que escribir, tener ganas de escribirlo y, last but not least, saber escribirlo, acotó el maestro. Porque no todo es soplar y hacer botellas.

García Márquez supo crear con Cien años de soledad la síntesis de un nuevo mundo y su pluralidad cultural: Macondo es toda Latinoamérica y los personajes de su novela están dispersos por el subcontinente como tribus descendientes de un solo Adán, el coronel Aureliano Buendía, y como hijas desperdigadas de Úrsula Iguarán, la Eva mestiza de este multicolor mundo nuevo.

En él coinciden tanto el vallenato procedente de rítmicos tambores del África como el castellano traído por los conquistadores de Europa y el curaré venenoso de los indios jíbaros reductores de cabezas, en América. Tres mundos distintos para una sola prole nacida bajo este cielo con los colores y olores del arcoíris. Gracias, Gabo.
 

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