Ciencia y pedagogía en el sistema educativo

Al ministro de Educación se le ha metido entre ceja y ceja que el primer paso para una verdadera formación del maestro de las escuelas públicas salvadoreñas es una sólida formación científica en la asignatura que sirve al estudiantado.
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Saúl Guirola, un veterano docente egresado de la especialidad de Biología y Química de la Escuela Normal Superior, a inicios de los años sesenta, aplaude esta tozudez del ministro porque, dice, es imprescindible dominar la parte científica para saber qué dar y cómo dar una clase del área de ciencia o de las disciplinas humanistas.

Saúl, un formador de formadores en la Ciudad Normal Alberto Masferrer, tiene una conversación agradablemente pedagógica en la que hilvana temas científicos con la vida sana que debe llevar un ser humano y agrega: “Los maestros que hoy están recibiendo esta formación deben dominar lo científico, pero, al mismo tiempo, tener presente siempre una pregunta primordial para el que se dedica a educar: ¿Para qué enseñar?”

Y es que la formación de docentes según el modelo de la Escuela Normal Superior de aquel entonces se orientaba precisamente a fortalecer la parte científica de cada especialidad, sin descuidar la didáctica respectiva.

De qué sirve que el estudiante aprenda la ubicación y funciones del hígado y el estómago en el organismo si no lo vinculamos con la propia realidad del estudiante, con las repercusiones que tiene para la vida el hacer actividades que repercutan negativamente en estos órganos. “La educación debe ayudar a formar conductas”, insiste.

Por eso, afirma, un docente que no domine su disciplina difícilmente podrá llegar a esos ejemplos sencillos sin perder el rigor científico.

La pedagogía no tiene sentido por sí misma si se deslinda del contenido concreto que se busca enseñar. De igual manera un docente cargado de conocimientos en una ciencia específica puede aniquilar el futuro de su grupo de estudiantes si no cuenta con recursos metodológicos para que el estudiante aprenda.

De ahí que la obligación del maestro es dominar bien la lógica científica de su asignatura para escoger las mejores y más dinámicas metodologías que habrán de facilitar el aprendizaje de los estudiantes.

El ministro ya se metió de lleno en este asunto. Ahí anda en las tres zonas del país visitando y estimulando a los docentes que se están formando. Son maestros en servicio que se han entusiasmado con el llamado oficial. Al respecto, el profesor Guirola, veterano en estas lides de la enseñanza, apunta a un aspecto importante: Deben garantizar que lo que aprenden en esta formación sea volcado adecuadamente a los estudiantes. Eso sería fabuloso. Y este viene a ser un talón de Aquiles de muchas formaciones, capacitaciones o actualizaciones brindadas en otras épocas: todo queda en “buenos deseos” y el mismo sistema absorbe y neutraliza las transformaciones. Esperamos que esta vez este impulso llegue a fondo.

Y es que, ciencia y pedagogía no son enemigas, pero en el caso de la educación, el que domina mejor la ciencia puede hacer mejores adecuaciones pedagógicas y ofrecer al estudiante un aprendizaje significativo.

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