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Cinismo

¿A cuántos hombres y mujeres íntegros encontraría hoy Diógenes en las calles de El Salvador para reemplazar a tanto cínico que nos gobierna?

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Federico Hernández Aguilar - Escritor y columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Aunque el cinismo constituyó toda una escuela filosófica en la Grecia antigua, basada en el virtuoso desprecio de las cosas materiales y el amor por la independencia y la sencillez –la de los perros en particular, al punto que la palabra "cínico" se deriva del griego "kynós" (perro)–, el término degeneró hasta convertirse en sinónimo de descaro, hipocresía, desfachatez, desvergüenza y falsedad, entre otras acepciones.

La gran mayoría de filósofos cínicos eran hombres coherentes con su modo de vivir, alejados de las riquezas, los placeres, el poder y la fama; con el tiempo, sin embargo, su actitud de indiferencia hacia el mundo les convirtió, sin proponérselo, en exponentes de un sistema amoral, desparpajado y mordaz.

Hoy se entiende por cínico algo muy distinto de lo que en su día hizo tan célebres a Antístenes o a Diógenes de Sinope, porque ellos eran pensadores agudos que profesaban lo que afirmaban, encarnaban los valores que proponían. El cinismo de nuestros días equivale a la naturalidad con que una persona cambia de opinión según las circunstancias, alguien que simplemente carece de principios que fundamenten su actuar y no tiene escrúpulo alguno en negar lo que antes afirmó, defender hoy lo que criticaba ayer, o simplemente mentir, mentir sin sonrojos, mentir a quien sea, a cada momento, por cualquier cosa.

Suele vincularse el ejercicio del cinismo con la búsqueda del poder. Esto se debe, en gran medida, a que la política exige una cierta clase de temperamento y apetencias, así como la adopción de actitudes relacionadas con esa "venta de emociones" en que derivan generalmente las campañas electorales. No significa lo anterior que sea imposible mantenerse íntegro en la consecución de una aspiración política; lo que hago notar es que el poder tiende a deformar lo que en un inicio era noble ambición o sano idealismo. Quienes resisten a estos embates lo consiguen a fuerza de tener presentes sus anhelos, firmes sus principios, y porque el poder, en definitiva, no les desquicia.

En El Salvador, por desgracia, vivimos tiempos de perversión política. Pocas generaciones como la actual habían derrochado semejantes dosis de frescura e impudicia. Ya en el pasado habíamos visto a mandatarios, magistrados, fiscales, diputados y ministros haciendo gala de cinismo; ninguna novedad existe en eso. Lo realmente inédito es la grandilocuencia, la ostentación, la petulancia con que este descaro impera en el país a casi todos los niveles.

Porque se debe ser extremadamente caradura –o de plano sufrir de mitomanía (esa patología que mueve a alguien a mentir de manera compulsiva)– para señalar los pecados de otras personas, e incluso atreverse a maldecirlas por eso, cuando en la propia conciencia pesa la certeza de estar haciendo exactamente lo mismo. Algo debe andar muy mal en la cabeza de quien arremete contra otros, acusándolos de haber realizado pactos sangrientos, negociaciones de conveniencia con estructuras criminales, para luego quedarse en el más absoluto silencio cuando investigaciones periodísticas destapan "diálogos" bastante explícitos entre personas que le son afines y líderes del crimen.

Se cuenta que Diógenes, el gran cínico helenístico, andaba por las calles de Atenas con una lámpara encendida a pleno día. Cuando le preguntaban el porqué, el filósofo respondía que estaba buscando "a un hombre". ¿A cuántos hombres y mujeres íntegros encontraría hoy Diógenes en las calles de El Salvador para reemplazar a tanto cínico que nos gobierna?

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Tags:

  • cinismo
  • Diógenes
  • política
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