Claudia y Salarrué

Si algo le agradezco a la vida es haberme permitido establecer una relación de amistad verdaderamente entrañable con algunos personajes fundamentales de nuestra cultura, desde muy pronto en mi juventud.
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Entre ellos, Claudia Lars y Salarrué están entre los que me marcaron más en mi propio desarrollo poético y humano. Yo visitaba a Claudia algunos sábados por la tarde en su casa de la Colonia Nicaragua, luego en la Colonia San Francisco, cuando se fue a vivir con su hijo, y más tarde en el Barrio de San Jacinto cuando pasó a vivir con personas que habían estado a su servicio; y a Salarrué lo visitaba también algunos sábados por la tarde en su casa de Los Planes de Renderos, frente a la Iglesia y cerca del Mirador.

Al rememorar todos aquellos encuentros, a la vez naturales y trascendentales, no puedo menos que sentir un efluvio interior muy difícil de explicar. Ambos eran creadores por excelencia, cada quien en su suyo, y la armonía que los enlazaba era impecable.

Significativamente, ni Claudia ni Salarrué estaban centrados en sí mismos. Personalidades bien definidas, con la fuerza del espíritu a flor de piel; pero sin egocentrismo de ninguna índole. Claudia tendía a enfocarse en sus trabajos por venir y Salarrué sin duda se sentía más cómodo cuando hacía referencia a sus viajes astrales.

Yo recibí de ellos las más formadoras enseñanzas en la mejor manera posible: con la fluidez de las palabras que nunca adquieren la categoría de consejos. Tanto Claudia como Salarrué tenían la fortaleza de su propia autoconfianza. Sus vidas no fueron fáciles, pero ellos las manejaron con exquisita pulcritud. Y ahora me digo: ¡Qué grandes maestros fueron aquéllos, y por eso están aquí siempre!
 

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