Como arena entre las manos

Según el SNET, la línea de costa de El Salvador tiene una longitud de 321 kilómetros desde el río Paz, frontera con Guatemala, hasta el golfo de Fonseca, compartido con Honduras y Nicaragua. En esos 321 kilómetros podemos encontrar playas de arena gris, de arena amarilla, de arena fina y de arena no tan fina, con olas, sin olas, con piedras, sin piedras, con aguas tranquilas y también de esas que hasta arrastran.
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Pero el objetivo de la introducción no es hacer una predecible descripción de nuestra famosa costa. No se trata tampoco de exaltar la belleza natural de la que somos poseedores como país; no es una llamada al turismo, ni a tomar mariscada como almuerzo en este domingo. Se trata de 321 kilómetros de costa que están cumpliendo un propósito –casi– decorativo para el país, cuando podrían convertirse en un eje estratégico para el desarrollo económico.

Con esto no quiero desmerecer iniciativas exitosas que se han impulsado como parte de planes enfocados al turismo. Por ejemplo, aplaudo el crecimiento y empuje que sectores como La Libertad y Sonsonate han tenido como resultado de excelentes inversiones en infraestructura turística y que, al mismo tiempo, tienen un altísimo impacto de posicionamiento del país a escala internacional como destino paradisíaco. Esas son excelentes alternativas para vender al país de manera positiva y alejarnos, por lo menos un poco, de la relación automática que la gran mayoría de extranjeros hacen de El Salvador con las pandillas.

Por otra parte, la playa, este recurso abundantísimo que tanto nos representa, ha dado como resultado –y voy a tocar un tema muy sensible para los salvadoreños– uno de los mejores equipos del balompié del mundo. Sin embargo, se ha invertido durante años importantes sumas de dinero y tiempo en desarrollar un deporte que posiblemente nunca genere tantos resultados positivos en términos emocionales y concretos, como el fútbol playa. ¿Es eso lógico? De pronto pareciera que estamos sufriendo una especie de miopía que nos impide ver esos 321 kilómetros de un recurso que es más que sol, playa y arena.

En términos mercadológicos se habla mucho de “ser estratégico” y de enfocarse en las ventajas competitivas de un negocio. Desde esa perspectiva ¿valdría más la pena desarrollar una infraestructura deportiva orientada estratégicamente a los deportes de playa?

Por ejemplo, Alaska, ese frío estado americano cuyo mayor porcentaje de territorio es hielo, ha sabido enfocarse y sacar la mayor ventaja a sus recursos. Al tener una buena parte de su territorio en forma de aguas congeladas, la oferta académica de sus universidades tiene una fuerte inclinación hacia las carreras en biología marina e ingeniería pesquera.

Así que, volviendo a El Salvador, ¿será que nuestra oferta académica se enfoca en la demanda real existente?

En conclusión, mi objetivo con esta serie de preguntas es un llamado a los planificadores de políticas públicas y a los salvadoreños en general a replantearnos cuestiones importantes sobre el manejo de los recursos y la planificación de país. No se trata de programas y promesas de cinco años que hagan ganar elecciones.

Es necesario hacer un análisis estratégico del nivel de aprovechamiento que estamos haciendo de los recursos que tenemos al alcance y cómo estos se vinculan con el “hacer” de la nación, para generar propuestas menos miopes que apunten al desarrollo sostenible.

Tags:

  • playas
  • desarrollo
  • turismo
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