Como los destinos individuales, el destino nacional necesita visiones y tratamientos en perspectiva

En estos momentos, y dadas las condiciones de nuestra coyuntura evolutiva, potenciar el sentimiento de pertenencia es decisivo como nunca antes para poder encarar nuestros desafíos insoslayables con expectativas de éxito real.
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Entre las pérdidas más deplorables y erosivas que venimos padeciendo los salvadoreños en el curso del tiempo, y sobre todo en los decenios más recientes a partir de los años 60 del pasado siglo, la que se refiere a la desactivación anímica del destino nacional está sin duda en primera línea. Tendríamos que preguntarnos de entrada por qué se ha producido ese fenómeno de orfandad provocada, que va dejando a la sociedad entera a merced de todos los peligros históricos imaginables. Y la respuesta podría empezar por una reflexión introyectadora: al no haber sabido responder como ente nacional a los desafíos naturales de la evolución, ésta se nos ha convertido en una especie de trampa progresiva.

El hecho de sentir que el destino nacional no existe como tal va generando un vacío existencial colectivo que se manifiesta de las más variadas maneras. Tal sentimiento es uno de los estímulos emocionales más determinantes del ansia de emigración, porque cuando no hay ataduras de pertenencia es más fácil dejar el sitio de origen. Por otra parte, esa desconexión anímica provoca un creciente desestímulo del propósito de plantearse metas de largo alcance, porque si se van diluyendo los motivos para asumir compromiso con el presente menos puede haber ánimo de búsqueda de rutas hacia el futuro. Todo esto va convirtiendo al país en una especie de nave al garete, que no recuerda de qué puerto ha salido ni atina a definir a qué puerto se dirige.

Por efecto de la tendencia anterior, los símbolos patrióticos tradicionales se han venido difuminando hasta prácticamente ya no significar nada en el plano de las emociones del conglomerado. Por ejemplo, mañana 5 de noviembre es una de las fechas más significativas del calendario cívico, y a estas alturas apenas merece algunas menciones de ocasión. Y qué muestra más inspiradora de la salvadoreñidad se recoge en esa imagen: fue el momento en que, desde la iglesia de la Merced de San Salvador, se desató en 1811 el primer repique de la independencia centroamericana, que se consumaría un decenio después. El padre José Matías Delgado es la imagen emblemática de aquel instante que debería ser motivación perpetua para reconocer el alma salvadoreña en su auténtica dimensión inspiradora y emprendedora. Si volviéramos la vista hacia tales orígenes podríamos entender más fácilmente lo que estamos perdiendo y así recuperar la lógica del entendimiento lúcido.

En estos momentos, y dadas las condiciones de nuestra coyuntura evolutiva, potenciar el sentimiento de pertenencia es decisivo como nunca antes para poder encarar nuestros desafíos insoslayables con expectativas de éxito real. Si continuamos dejando de lado lo que somos por raíz y por herencia, en la misma medida se continuarán desactivando las posibilidades de darles respuestas adecuadas y suficientes a los problemas que vienen de lejos y a los que van manifestándose en el camino.

No es posible caminar con paso firme, en cualquiera de las expresiones que pueda tener tal aseveración, si no hay terreno sólido para hacerlo; y en lo que se refiere al avance histórico de una comunidad nacional como es la salvadoreña, resulta claramente indispensable contar con bases de integridad colectiva que lo hagan factible. El Salvador es, en primer término, una entidad de destino común asentada en un territorio propio, y la identidad esencial no la da la ubicación geográfica sino el componente humano. Al ser así, los vínculos identitarios adquieren connotación primordial, que no tiene sustitutivos; y eso se hace valer principalmente en el plano de los sentimientos. Por eso el sentimiento de Patria constituye el combustible superior en la dinámica evolutiva. Hay que recalcarlo cada día y siempre.

Abandonar a su suerte al país es hacer la más irresponsable apuesta a lo imprevisible. Como repetimos de nuevo, se trata de una cuestión de destino, y éste nunca deja de ser un encadenamiento que se va articulando en el tiempo, y por ende hay que cuidar a cada paso que los enlaces se den con la oportunidad y con la eficacia debidas. Es lo que nos ha faltado desde que El Salvador asumió la conducción de sí mismo, y en gran medida están ahí las raíces de nuestros males endémicos.

Hagámonos cargo todos de lo que El Salvador significa y representa, tanto en lo individual como en lo colectivo. Si no introyectamos nuestra salvadoreñidad, ésta no podrá cumplir con su función integradora, que es la clave del desarrollo compartido.

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