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Como venimos señalando, la extorsión es el principal flagelo criminal del sistema, y así hay que enfrentarlo y atacarlo

El crimen, pues, va dejando la clandestinidad para pasar al campo de los hechos normales, lo cual muestra a las claras la permisividad de la que ha venido disponiendo.

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Como producto inmediato de la emergencia que ha traído consigo el creciente accionar del crimen organizado en el llamado Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Honduras), hay ya operaciones conjuntas en el terreno, para atacar coordinadamente todo ese cúmulo de embates criminales que se expanden por las comunidades respectivas. En esa línea, se acaba de poner en marcha el operativo Escudo Regional III, destinado a asestar golpes contundentes a las estructuras pandilleriles que se mueven por nuestros territorios, y que han venido ganando presencia e incidencia altamente destructivas ahí donde aparecen y se instalan cada vez con mayor capacidad de hacerse valer.

En el marco de dicho operativo, la Fiscalía General de la República y la Policía Nacional Civil de nuestro país desarticularon una poderosa banda de extorsionistas que tenía su campo de operación en el tradicional Mercado La Tiendona, de carácter mayorista. Se trata de una verdadera red muy bien organizada de pandilleros extorsionistas, con sus respectivos escalones de poder, que recogía alrededor de un millón de dólares al año como producto de su actividad delictiva. La sola mención de esta suma, que se refiere a un lugar muy determinado, puede dar idea de lo que extrae el mecanismo criminal de la extorsión en los distintos ámbitos económicos en los que opera, que están prácticamente extendidos por toda la geografía social del país. Las dimensiones del flagelo son desde luego espeluznantes.

De las investigaciones llevadas a cabo por los entes institucionales encargados se tiene una especie de retrato en alto relieve de cómo esta actividad delincuencial se manifiesta ya con una normalidad realmente escalofriante. Los líderes del sistema de extorsión viven con lujos a la vista y manejan sus estructuras actuantes sin mayores reservas, como si no tuvieran nada que temer. El crimen, pues, va dejando la clandestinidad para pasar al campo de los hechos normales, lo cual muestra a las claras la permisividad de la que ha venido disponiendo. Es hora más que sobrada de revertir con urgencia tal estado de cosas.

La extorsión es la práctica más atentatoria contra el desempeño cotidiano de la ciudadanía que trabaja decentemente para ganarse la vida, y en consecuencia constituye un mecanismo erosivo de la estabilidad del sistema económico y un ataque alevoso contra los derechos fundamentales de la población en general. Es preciso que las estructuras investigativas tanto de la Fiscalía como de la PNC intensifiquen su labor, con todos los recursos que sea necesario, para desnudar a fondo y a plenitud la actividad criminal en todas sus expresiones, y muy en particular la que realizan los grupos pandilleriles.

Para que nuestro sistema económico pueda estabilizarse y desplegar todas sus energías en la ruta del crecimiento con progreso real es absolutamente indispensable limpiar el ambiente de todas las perversiones y contaminaciones del crimen. Eso implica poner bajo control y en vías de extinción las diversas estructuras criminales que ahora operan. Esto es un requisito insoslayable de la normalidad nacional que tanto necesitamos.

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