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Cómplices

Como nación, nuestro juicio queda mal parado cuando tres de nuestros últimos cuatro presidentes fueron acusados de peculado, dos de ellos con lavado de dinero añadido. Si en esos 15 años no pegamos una, ¿eso nos vuelve los votantes más estúpidos del planeta?
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Cristian Villalta / Gerente de El Gráfico

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Con disculpas para la exageración anterior -la de los votantes, no la de los presuntos delitos-, realmente cabe preguntarse si como electorado cometimos un error eligiendo en su momento a los señores Francisco Flores, Elías Antonio Saca y Mauricio Funes. La Fiscalía General de la República respondería tres veces que sí, a juzgar por las causas que siguió y/o sigue contra ellos.
Esta columna va por otro lado, porque la respuesta es no. Y tres veces. A cada uno se lo eligió por irrepetibles factores históricos; no hubo mejores opciones en ninguna de esas estaciones de nuestro tránsito democrático.

Además, el sufragio no es un ejercicio de psicoanálisis y a menos que el candidato sea una persona inválida emocionalmente y lo demuestre en público de modo reiterado (sí...), para el elector es imposible juzgar su carácter y si se resistirá a los apetitos del poder.

Mientras no haya pruebas que ninguno de ellos ya llegó al poder con un plan delictivo debajo del brazo, no podemos sino pensar que sus intenciones eran honestas. Y es mejor creerlo así para no desviarnos en la lectura, lamentándonos que El Salvador haya sido víctima de unos bellacos imperdonables. Bellaquería o no, el caldo de cultivo de estas vergüenzas reside en un Estado mal diseñado en el que las instituciones tienen proxenetas políticos a su cargo, y en las intocables mafias que eventualmente corrompen a los funcionarios.

Pero considerando la naturaleza de los delitos, la artillería debe enfilarse principalmente hacia la Corte de Cuentas de la República y al modo casi entusiasta en el que faltó a su deber, incluso dándole finiquitos en su momento a cada uno de los mencionados.

Década y media de incompetencia no es incompetencia sino un sistema.
La Corte de Cuentas de la República fue manejada por el Partido de Conciliación Nacional desde 1984 hasta 2011. ¿Por qué la contralora gubernamental por excelencia ha sido durante años sólo una concubina entre el oficialismo y sus satélites ocasionales? Porque si legalmente se la presume "independiente en lo funcional, administrativo y presupuestario", en la práctica no se sustrajo nunca del influjo de los verdaderos poderes.

Esos poderes fácticos, dueños de este o de aquel partido político, invierten en sus diputados sólo con la garantía que sabrán hacerse cargo. Y parte de hacerse cargo ha sido el diseño de la Corte, que ha funcionado como el revólver que ataca o defiende a la mafia política salvadoreña.

La mayor parte de la desatención de los deberes en la institución ocurrió durante el largo periodo que Hernán Contreras campeó en ella, 17 años en dos periodos (1990-1998 y 2002-2011). Contreras no sólo fue designado dos veces sino reelecto otras cuatro, la penúltima de ellas con Elías Saca como presidente, y con el abrazo de 48 diputados, entre ellos toda la bancada arenera.

Lo que ha fallado pues sí ha sido el juicio, pero de los diputados de todo el espectro político que actuaron en bloque apoyando tantas veces a Contreras contra todo interés público. Esos votantes tampoco fueron estúpidos, sino cómplices.

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