Computadoras no son educación

(Por qué el programa de una computadora por niño no mejorará la calidad de nuestra educación)
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“One laptop per child”, o una computadora por niño, es un programa fundado en 2005 por Nicholas Nigroponte, quien creó una fundación para fabricar computadoras muy básicas pero resistentes y que funcionen en cualquier ambiente, y vendérselas a costo relativamente bajo a los gobiernos de los países que quisieran dar a niños en edad escolar uno de estos aparatos.

Esta idea ha estado de moda por varios años y ya se tiene suficiente experiencia en varios países como para evaluar sus resultados y ver qué ha funcionado.

Para nuestro país es importante debatir esto, ya que uno de los programas bandera del gobierno actual es justamente la entrega de estas computadoras a niños de las escuelas públicas.

Entre los países que han hecho un esfuerzo importante por entregar computadoras a niños de escuelas públicas sobresalen Uruguay, Brasil, Paraguay, Perú, India, Kenia, entre otros. En muchos de estos países se han realizado evaluaciones de impacto rigurosas, que demuestran resultados comparando estudiantes que reciben las computadoras con otros que no las tienen.

Lamentablemente, en la gran mayoría de casos los resultados son decepcionantes. En particular en lenguaje y matemática, dos áreas clave del currículo, son muy escasos los ejemplos de impacto positivo y se encuentran lugares donde el impacto ha sido en realidad negativo. El único efecto positivo generalizado es mayor familiaridad con el uso de las computadoras y mejoras en habilidades cognitivas específicas.

Hay otras cosas a considerar: el efecto positivo se concentra en los niños de familias de mayor ingreso, que tienen acceso a internet y mayor familiaridad con las tecnologías de la información. También los padres tienen una gran influencia: los hijos de padres con mayor educación son los que más se benefician en términos de notas y uso efectivo de la computadora. Irónicamente, estos programas terminan ampliando las brechas entre los estudiantes más pobres y los que no lo son.

Los efectos positivos sobre el aprendizaje se han dado en escuelas donde la computadora se integra como una herramienta más en la enseñanza de las materias tradicionales. Esto va en contra de la práctica común de crear una clase de cómputo y que los niños se dediquen a aprender a usar el equipo. También, los lugares que mostraron efectos positivos fueron los que entregaron la computadora al niño para que se la llevara a su casa. Los profesores son la otra variable importante: donde los maestros no están cómodos con el uso de la computadora o donde no saben cómo integrarla a su clase, estos aparatos no ofrecen ninguna ganancia en términos académicos.

En El Salvador es posible prever problemas adicionales: la falta de capacidad de las escuelas de proteger las computadoras contra robos o de evitar que los niños sean asaltados camino a casa y el hecho de que casi la mitad de profesores no sea usuario de computadoras hace difícil pensar que las computadoras van a ser usadas consistentemente en el aula y en casa.

Dado que cuesta entre $250 y $300 proveer cada computadora a cada niño, el gasto total de estos programas es enorme. No parece que sea la inversión que el sistema educativo salvadoreño necesita en este momento, cuando la falta de seguridad, la capacitación docente y la infraestructura básica escolar son las necesidades más urgentes.

La tecnología no reemplaza al profesor ni al esfuerzo.

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