Con el agua al cuello

Un empleado de la Defensoría del Consumidor me contó confidencialmente que hay más de 40 mil denuncias por cobros indebidos de la ANDA y también que muchas personas, al darse cuenta de ello, prefieren retirar sus quejas, por el tiempo de espera que tal número genera y dado que no hay suficiente personal para atender a tantos insatisfechos.
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Esto es muy cómodo para la ANDA, porque vuelve casi inexistente la única instancia que puede perturbarla y le deja mano libre para seguir su alegre sistema de cobros, digno de la sección “Aunque usted no lo crea”.

En Bagdad, siglos atrás, ejerció el poder un buen gobernante preocupado por el bienestar de su pueblo, según las crónicas de “Las mil y una noches”. Era el califa Harum Al-Raschid, quien acostumbraba salir disfrazado a las calles de la ciudad, protegido por las sombras de la noche, para oír a la gente, conocer opiniones y quejas sobre el gobierno y acerca de lo que hacían o deshacían sus ministros, presidentes de “autónomas” y otros cercanos colaboradores suyos.

Aquel monarca se adelantaba varias centurias a las encuestas buenas y malas de hoy, y se percataba por sí mismo de quiénes eran los funcionarios públicos que afectaban el buen nombre de su reinado. Valga aclarar que en aquella época todavía no se había inventado la rotación de funcionarios ineficientes o señalados de faltas graves; por aquel entonces los que pecaban contra los bienes o intereses de la nación solamente tenían como opción hacerle buena cara al verdugo que les haría cambiar de domicilio permanente.

Aquí, gracias al cielo, no existen ni esos pecados ni esas ejecuciones, ni hace falta –dicen– CICIES u otras incómodas interferencias extrañas en nuestro límpido escenario público.

Dado que en esta era digital un mundo nos vigila y pueden hasta “pincharnos” los teléfonos sin orden judicial, no hace falta pedir que algún funcionario salga disfrazado a las calles de la capital y su periferia, protegido por las sombras de la noche, sin seguridad y sin temor a las maras, para constatar qué opina la gente sobre algunas menudencias como estas:

*La sonada protesta de nuestras clases más humildes expresada en la voz de la abuela de Apopa, señora Ana Lilian García, contra la sorpresiva y desproporcionada alza en las tarifas de la ANDA, por un servicio que no presta o que solo suministra a medias o menos.

*La necesidad de auditorías permanentes al sistema de cobros e inspecciones de la ANDA, para esclarecer por qué es posible que cobre más a grupos familiares mínimos y en cambio cobre menos a hogares con mayor número de miembros.

*Los derrames y desperdicios de agua de la autónoma visibles en cientos de lugares, sin que nadie haga nada para arreglar esas fugas, las que obviamente tienen un costo y que terminan pagándolo los usuarios de la ANDA que en muchos casos no reciben ni una gota... pero que sí les llegan las facturas bien infladas por las nuevas tarifas. (Como en el caso de la ya mencionada abuela de Apopa).

*Que si es un derecho de los usuarios saber cuánto factura la ANDA, a cuánto ascienden sus ingresos y sus egresos, lo que invierte en obras y en reposición de equipos e infraestructura obsoletos, incremento en el número de su personal, costos de entrenamiento de nuevos y viejos trabajadores y otras partidas. En definitiva, si es una institución sostenible y mejorable, sin secretismos.

Honorables diputados: El problema del agua no es de partidos; es un drama nacional. Poner a la gente más cargas sobre sus espaldas, además de injusto, es peligroso.

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