Con frecuencia el juego público de las palabras entorpece el tratamiento de los hechos

Una de las distorsiones más reiteradas en el ambiente nacional es la que consiste en hacer declaraciones públicas improvisadas conforme a los impulsos del momento, antes de entrar al análisis de la realidad como tal; y, en muchos casos, ni siquiera se pasa de los repentismos verbales que lo que hacen es enredar más las cosas.
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Esto se ha vuelto una especie de manía irreprimible, que va poniendo a la luz que no hay planteamientos serios e integradores, que son los que en verdad se están necesitando en prácticamente todos los ámbitos de la problemática que nos aqueja.

La tendencia a discutir en público sin bases ciertas es una práctica política que no sólo no lleva a ningún resultado constructivo, sino que contribuye a tensar relaciones y a despertar sospechas y resistencias. Esto lo vemos en el día a día de nuestra realidad, con lo cual se dificultan cada vez más las posibilidades de entrar en una ruta de razonabilidad y de realismo de cara a lo que hay que hacer para que el país avance de veras. ¿Significa esto que no hay que hablar sobre los problemas o que lo que se dice hay que manejarlo en forma indirecta o marginal? De ninguna manera. De lo que se trata es de no trivializar las opiniones ni propiciar artera o irresponsablemente las descalificaciones, tan usuales en nuestro medio.

Cuando se vive una situación tan tensa y volátil a la vez como la que se ha venido instalando en el país de manera progresiva, lo peor es superficializar los juicios sobre lo que pasa y ponerle etiquetas de ocasión a lo que tiene características estructurales. No hay que olvidar al respecto los consejos sencillos e inapelables de la sabiduría popular cuando dice que “el que mucho habla mucho yerra” y que “no hay mejor palabra que la que no se dice”. Y en cuanto a las descalificaciones, lo más sensato es no responderlas con otras peores, porque entonces lo que se crea es una espiral artificiosa y perniciosa que va envenenando el aire que se respira.

Por su peculiar incidencia en los frágiles equilibrios que se viven ahora mismo en el país, hay palabras que despiertan muy fácilmente ondas expansivas peligrosas. Es el caso de la palabra “dolarización”. La mera mención de la misma, hace algunos días, en lo que podría ocurrir si no hay una reforma de pensiones conforme a las necesidades financieras gubernamentales, desató una oleada de alarmas y contraargumentos. Nuestra atmósfera nacional, sensibilizada al máximo, no resiste sismos retóricos como ese. Y por lo mismo hay que cuidar aún más lo que se dice en público, porque recordemos también aquella sabia advertencia de la sabiduría popular: “Palabra dicha no se recoge”.

Todo esto se conecta con el imperativo de manejar las debidas estrategias a la hora de emprender las acciones que la realidad está demandando. Si los políticos quieren de veras entrar en una nueva fase que pueda conducir a tratamientos efectivos de los problemas más agudos del presente, hay que practicar una necesaria discreción de las dinámicas de acercamiento. Si todo se hace público desde el principio, sobre todo cuando hay cuestiones de alta sensibilidad en juego, los anticuerpos radicales –que existen y tienen gran incidencia tanto en la izquierda como en la derecha— ponen todo lo suyo para que nada prospere. Y tenemos un ejemplo internacional a la mano: el acuerdo posibilitador de la reconciliación entre Estados Unidos y Cuba. Reserva perfecta, sin la cual de seguro nada hubiera prosperado.

En el país tenemos que ir aprendiendo a hacer las cosas tal como la realidad nos lo demanda, dejando de lado las neuras que sólo satisfacen a los conflictivos nostálgicos, que no se resignan a que sus “guerritas frías” sean reminiscencias agónicas de un pasado que no volverá. Hay que alimentar el presente a fin de tener fuerzas para escalar el futuro. A eso hay que apostarle sin reservas.

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