Con las luces altas

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Acostumbro viajar en carretera caída la noche, y no hay nada más molesto y decepcionante que conducir frente a cegadoras luces que conductores darwinianos utilizan para molestar al conductor contrario sin que sea su real intención alumbrar mejor su camino.

Probablemente esta opinión sea más comprensible para quienes tienen el privilegio de conducir un auto; sin embargo, creo es una figura muy adecuada para abordar el trillado tema de la intolerancia.

Esa actitud de autocracia, conduciendo con luces altas sin necesitarlas, es la misma con la que muchos responden a cualquier opinión que difiera de las propias. Las ideas se manejan como absolutas y basta una diferencia, para adoptar actitudes duras e inquebrantables al considerarla una agresión. Creer que nuestras ideas tienen valor supremo puede marginarnos, y es que la intolerancia antepone nuestros derechos a los demás y nos vuelve “intransigentes”. La política y la religión son los campos más fértiles para el desarrollo de estas actitudes, en donde se nos ha hecho una costumbre conducir “con las luces altas”.

La intransigencia hace más fácil sumar un adversario e intentar minimizarlo, que buscar entendimientos. Tristemente manifestamos nuestros complejos con este desahogo y arremetemos contra el que sea –sin más razón– que la demostración de fuerza y prepotencia...

Nuestra forma de conducir en carreteras o dentro de nuestras ciudades demuestra la ausencia del orden, de la educación, de la cultura. Así nos manejamos, especialmente en las calles de la política, en donde no importa a quién aturdimos ni los problemas que causamos. En estas calles, los problemas son de poder, de fuerza, de intolerancia.

Es una realidad que nuestra cultura se degrada día a día; y es un deber de los que amamos este país luchar para que no sea la excusa para ignorar la existencia de nuestras diferencias. Presumir que la igualdad resolverá nuestros problemas es la falacia más absurda que un ser humano pueda creer; si aun en el interior de los partidos políticos esta presunción existe, nuestro destino como nación será cada día más oscuro.

Manejar nuestro diario caminar con una actitud de “luces altas” es la manifestación más inocente de nuestra ignorancia, refleja una idiosincrasia basada en simbologías de fuerza y no en razones. Es así, que reclamamos la ineficiencia de un gobierno “sin luces”, sin evitar las luces altas dentro de nuestro propio vecindario, que de igual manera bloquean la visión.

Dentro de nuestra cotidianidad, cotorreamos, criticamos, bendecimos y maldecimos; creemos tener la verdad en la bolsa y arreglamos todo a la perfección. Deporte, religión y política son los temas preferidos –criticamos con vehemencia lo que decimos es una sociedad polarizada– sin evaluar antes nuestra propia actitud.

Nuestras diferencias –especialmente las políticas– exigen la inclusión y el saber escuchar, al negarnos a eso, pareciéramos recopilar nuestras frustraciones y desplegarlas dentro de nuestra comunidad causando daño. Conducirnos con “las luces altas” no ciega únicamente a los que conducen enfrentándonos, afectan también a los que nos adelantan, actitud que no abona la esperanza de armonizar, aun entre los que conducimos en igual sentido.

Si deseamos construir un país mejor, bajemos las luces, será más fácil visualizar el camino para llegar a ese país que tanto queremos.

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