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Con los niños de hoy

Ser niño es estar en el umbral de la vida, y de ahí se abren todas las estancias del destino personal. Ese destino nunca es un hecho aislado: depende en gran medida del destino colectivo en cada una de las distintas sociedades y comunidades que pueblan el mapamundi.
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Ser niño, pues, es hallarse al comienzo de todo, y muy en especial al inicio de la propia experiencia vital. Por ello, lo primero que habría que asegurar desde el mismo instante de nacer es que cada uno de los seres humanos tenga a su disposición las condiciones básicas para que tal experiencia sea positiva al máximo.

Aunque es indispensable contar con elementos materiales que le den base al diario vivir, siempre lo más importante son los elementos anímicos. El niño es espíritu y mente desde que abre los ojos por primera vez. Por consiguiente, desde ese mismo momento es sujeto de libertad, con los matices que la edad vaya poniendo en el camino.

Y por eso hay que asegurar, sin excusas ni pretextos, que el niño no sea víctima ni de abandono ni de sobreprotección. Los humanos somos plantas con conciencia. Crecemos, florecemos, fructificamos; y todo ello depende de cómo hayamos sido cultivados y cómo nos cultivemos. Ese cultivo se va haciendo cada vez más individualizado, en la medida que avanza el vivir. Los niños de hoy tienen a su disposición herramientas de conocimiento prácticamente desde que se asoman al mundo.

Esta es una novedad sin precedentes que hay que potenciar al máximo. Pero siempre lo más determinante es el cultivo interior. Desafortunadamente los tiempos actuales miran ese cultivo con desdén, y por eso hay tantos seres humanos que anímicamente son predios baldíos. Es lo que hay que cambiar de inmediato para que la vida se vuelva habitable.

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