Con una pequeña ayuda de los enemigos

La inversión de uno de los términos del verso de la famosa canción de los Beatles se explica por una curiosa contradicción o paradoja que se despliega a ojos vista en la actual coyuntura electoral.
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Me refiero a esa situación en que el denodado esfuerzo de unos por dañar a otros redunde, en definitiva, en detrimento de esos unos y en beneficio de esos otros. Supongo que la clase política nacional tiene mucho que aprender de este fenómeno, mismo que los estrategas militares y los maestros de judo conocen como “golpe al vacío”.

De lo que estoy hablando es de lo contraproducente que resultan las campañas sucias a estas alturas. Pero si esto es a todas luces evidente ¿por qué obstinarse entonces en seguirlas impulsando?

Como demostré con números en mi columna anterior, titulada La guerra sucia y el búmeran, la campaña de injurias y calumnias perpetrada contra Nayib Bukele tuvo un efecto contrario al esperado por quienes la diseñaron, financiaron e implementaron. Según las mediciones de opinión pública, la brecha favorable a Nayib no solo no se redujo sino que se amplió, y los expertos en proyección estadística han dictaminado que esa tendencia es irreversible.

El recuento de tales mediciones no deja ninguna duda al respecto. De las siete casas encuestadoras que dieron a conocer los resultados de sus consultas en los últimos cuatro meses (Universidad Centroamericana, Universidad Tecnológica, Universidad Francisco Gavidia, LPG Datos, New Link-EDH, Sid Gallup y GS Sondea), solo la de El Diario de Hoy le otorga una ventaja, de tres puntos, a Edwin Zamora y ARENA. Todas las demás colocan arriba a Nayib Bukele y el FMLN con una distancia que va desde once hasta más de veinte puntos.

En este caso, por diversas pero obvias razones, queda claro que la única consecuencia razonable de la excepción es la de confirmar la regla: en efecto, los capitalinos ya decidieron por quién votar, y cuando los encuestadores se lo preguntan lo dicen con claridad. Sin embargo, quienes reniegan de la lógica, de las evidencias probabilísticas y hasta del sentido común, y habitan por tanto un mundo al revés, persisten en el error de creer que el ejercicio de la difamación y la maledicencia es política y electoralmente rentable. Pero lo que la realidad muestra es lo opuesto.

Digo lo anterior porque, en lugar de aprender la diáfana lección de San Salvador, los impulsores de la campaña sucia parecen decididos a extender su deplorable metodología de la infamia hacia Santa Tecla. Sobre las preferencias electorales en esa ciudad solo conozco dos encuestas recientes, y en ambas el candidato del FMLN, Armando Flores, obtiene una ventaja de más de diez puntos. Pero es predecible, dada la experiencia ya apuntada, que con la pequeña ayuda de sus enemigos difamadores, por el mismo efecto de búmeran, Armando Flores también amplíe esa brecha.

Los hechos nos demuestran que las campañas basadas en el miedo ya fueron superadas en los dos últimos comicios presidenciales. Ese ciclo por fortuna ya está cancelado. Tengo la certeza de que, en esta próxima elección, el método difamatorio también será derrotado y pasará a formar parte de la larga lista de los agravios cometidos contra la sociedad salvadoreña por parte de quienes durante tanto tiempo la expoliaron.

Queda una interrogante por resolver: ¿por qué ha sido necesario recurrir al miedo y a la difamación, y en vano por añadidura? A mi juicio la respuesta es sencilla y cae por su propio peso: el agotamiento de un proyecto político se traduce en su derrota, la derrota produce desesperación y, como ya se sabe, la desesperación no ha sido nunca una buena consejera.

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