Concluye un año caracterizado por los crecientes apremios para la solución de los problemas

Aunque la que más resalta por sus efectos impactantes a diario en el vivir ciudadano es la inseguridad que resulta del auge expansivo de la criminalidad organizada, lo cierto es que lo que estamos padeciendo es una cadena de inseguridades, que interactúan sin sosiego.
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2017 ha sido un año de valorar etapas recorridas y de plantearse vísperas significativas en muchos sentidos. A comienzos del año que concluye se cumplieron los 25 años de la firma del Acuerdo de Paz que le puso fin al conflicto bélico interno que estuvo en el ambiente más de 20 años y en el terreno casi 12 años; y ese recordatorio histórico marca un hito en el proceso evolutivo del país que, como es natural, viene dándose por etapas. Dicho aniversario tan auspicioso ha coincidido en este preciso momento con la creciente agudización de la problemática nacional, que no sólo es cada día más compleja sino que va adquiriendo connotaciones críticas que son reiteradas señales de riesgo para la sociedad en su conjunto.

El tema de más relieve tanto para la institucionalidad como para la ciudadanía es el que se refiere a la inseguridad que campea por todos los ámbitos nacionales. Aunque la que más resalta por sus efectos impactantes a diario en el vivir ciudadano es la inseguridad que resulta del auge expansivo de la criminalidad organizada, lo cierto es que lo que estamos padeciendo es una cadena de inseguridades, que interactúan sin sosiego. La inseguridad política, la inseguridad económica, la inseguridad social, la inseguridad institucional y la seguridad ambiental, entre otras, hacen sentir que la nación está atrapada en sus propias insuficiencias e ineficiencias; y eso se ha visto notoriamente incrementado en los tiempos más recientes, y muy en particular en el año que está llegando a su fin.

La crisis recurrente en el plano de las finanzas públicas, que este año alcanzó el nivel del impago, afortunadamente de manera temporal, ha sido típica en 2017; y a eso ha contribuido de modo determinante la inseguridad política derivada de la permanente incapacidad de las fuerzas partidarias para llegar a acuerdos en puntos clave. Y a todo esto habría que agregarle el descontrol institucional que se presenta en algunas área del aparato público, como se ha visto recientemente en lo que al desempeño orgánico de la función electoral se refiere.

A lo largo del año, uno de los elementos más visibles en el entorno nacional ha sido la doble campaña dirigida a los comicios de 2018 y sobre todo a la presidencial de 2019. Esto pone todos los ánimos en alerta, ya que están en juego el equilibrio legislativo, el reparto de los poderes locales y sobre todo las posibilidades de permanencia o de alternancia en la más alta esfera del poder estatal. Todo eso está presente en la atmósfera nacional, y sin duda tendrá efectos más intensos en el año que viene, ya que sólo desde ahí será factible dinamizar las maquinarias del desarrollo, que tienen mucho más que dar de sí.

Al hacer un balance de lo ocurrido y de lo no ocurrido durante 2017, lo que nos queda es la percepción de un país que hasta la fecha no ha aprovechado en la debida forma sus oportunidades históricas presentes, y que por eso no ha logrado salir airoso de sus desafíos más difíciles. Es hora, pues, de tomar verdaderamente en serio la responsabilidad de hacer bien las cosas, moviendo voluntades e iniciativas en la línea correcta.

Nos hallamos en el umbral de 2018, y esto debe ser una invitación explícita a recuperar el propósito de que El Salvador reordene sus prioridades y les dé los tratamientos pertinentes para poder pasar a tiempos mejores.

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